Mis hijas y Chamaquili
Marzo 19, 2010 por Juan Morales AgüeroAlexis Díaz Pimienta, el conocido repentista cubano, anduvo hace pocos días de visita por Las Tunas. En la ciudad capital ofreció un espectáculo a teatro repleto. No pude llevar a mis niñas, pues coincidió en fecha con el acto provincial en conmemoración del Día de la Prensa Cubana, al que, inexcusablemente, debía asistir.
Cuando Sofía y Betriz se enteraron, pusieron el grito en el cielo. Y me lo recriminaron. «Papito -me reprochó la primera, enojadísima-, así que el papá de Chamaquili estuvo aquí y tú no nos dijiste nada. ¡Mi´jito..!». Chamaquili es el nombre de un libro que ha tenido inusitado éxito ent la grey infantil. La Editora Abril publicó ya cuatro partes, con bellísimas ilustraciones de Jorge Oliver Medina. Cada una reseña en versos la cotidianidad del pequeño hijo del poeta.
De tantas veces que se los hemos leído, mis niñas pueden recitar de memoria pasajes completos donde se habla de sentimientos, educación formal, valores, respeto a los ancianos, tolerancia, amor filial, aplicación, cuidado a la naturaleza, en fin… «No nos llevaste, papito», repitió Beatriz con las manos en la cintura. A pesar de estar convencido de que había obrado correctamente, me sentí un poco culpable. ¿Qué hacer?
Se me ocurrió una idea que puse en práctica a la mañana siguiente. Tomé el teléfono y llamé a la carpeta del Hotel Las Tunas. Pregunté si Alexis Díaz Pimienta estaba hospedado allí. La respuesta fue afirmativa. Me identifiqué como periodista y solicité que, por favor, me comunicaran con su habitación. Al momento estábamos él y yo al habla. «Alexis -le dije tras el saludo-, mis hijas Sofía y Beatriz están ansiosas por conocerte. Me sacarías de un aprieto si les dedicas unos minutos. Vivimos cerca, así que en media hora podemos estar en el lobby». Me respondió como solo saben hacerlo las personas sensibles. «Traelas ahora mismo, no hay problemas», dijo. Y así fue como los tres -Sofi, Betica y yo- ganamos la calle y en un cuarto de hora estábamos frente al autor cubano más querido por los fiñes.
Después de las presentaciones de rigor -debo decir que tiempo atrás Alexis y yo habíamos intercambiado algunos mensajes vía Facebook-, me hice a un lado y me limité durante un buen rato a disfrutar del panorama. Lo primero que hizo el poeta, luego de saludar a mis hijas como a «viejas conocidas», fue regalarles un ejemplar de su última entrega, Chamaquili en La Habana. Allí mismo escribió la dedicatoria: «Para Beatriz y Sofía, mis pequeñas amigas de Las Tunas, con muchísimo cariño, esperando que sigan creciendo con Chamaquili. Un beso grande. Pimienta. 14-03-10». Se lo agradecieron como ellas saben hacerlo: con alegría.
En el ínterin, un botones del hotel les obsequió un par de globos. Entonces todos juntos nos pusimos a conversar. Sofía le declamó de un tirón uno de los poemas del primer libro de Chamaquili y un largo fragmento de otro; Betica, para no ser menos, le recitó Palomita, uno de sus textos preferidos. Alexis las miraba entre divertido y asombrado.
Le hicieron mil preguntas, algunas difíciles. Capeó el temporal como pudo. Luego, sonriente, extrajo su teléfono móvil y les mostró en la pantalla fotos del Chamaquili de verdad, su hijo, fuente de inspiración de sus obras. No satisfecho con eso, y ante el entusiasmo de mis niñas, se excusó un momento, subió a su habitación y regresó con una laptop, desde cuyo monitor ellas disfrutaron de varios videos donde padre e hijo aparecen improvisando alegremente algunos de los textos más leídos de los libros.
Todos disfrutamos del inusual encuentro una barbaridad y hasta pude hacer varias fotos, tres de las cuales inserto en este texto. El tiempo, sin embargo, transcurrió a toda máquina. Y, como yo estaba al tanto de que el poeta debía partir al mediodía para la ciudad de Puerto Padre, donde ofrecería el último de sus recitales tuneros, propuse la despedida.
«Tienes unas hijas maravillosas», me expresó cuando, ya en retirada, nos estrechamos las diestras. Miré en dirección a las niñas y las ví, corriendo por los pasillos del hotel, detrás de sus globos de colores. Y me dije que, en efecto, Sofía y Beatriz son unas chicas maravillosas. Reconozco que esta certeza puede ser tildada de nepotista, porque proviene de alguien muy cercano a ellas. Pero, ¿excusan ustedes a este padre orgulloso de sus hijas?
Publicado en General | Sin comentarios »
JUAN MORALES AGÜERO
(LAS TUNAS, CUBA)
Máster en Ciencias de la Comunicación por la Universidad de La Habana (2009). Licenciado en Periodismo por la Universidad de Oriente (1993). Graduado en Educación Física y Deportes (1976). Profesor universitario adjunto de Comunicación Social. Premio de la Ciudad en Periodismo (1996). Diplomado en el Instituto Internacional de Periodismo de La Habana (1999). Cobertura periodística en la República de Guatemala (2002). Ganador de varios concursos provinciales y nacionales. Corresponsal en Las Tunas del periódico Juventud Rebelde. Autor del libro POSTALES TUNERAS, publicado por la Editorial Sanlope en 2005 y reeditado por el propio sello en 2009.






Francisca Agüero Mayo era su nombre. Pero eso casi nadie lo sabía. Para sus vecinos, familiares y amigos ella fue siempre, sencillamente, Paquita. Nació el 28 de agosto de 1926 en el tunero barrio de El Oriente. Sin embargo, casi toda su existencia transcurrió en Manatí, a donde fue a residir cuando se casó con mi padre el 4 de diciembre de 1954. Nieta del coronel mambí Calixto Agüero y Agüero, en su personalidad convivieron el carácter y la ternura. Se pasó toda la vida haciendo el bien a los demás y sacrificándose por su familia. Hipertensa crónica con récord personal de presión máxima de 280 mmHg, murió de un colosal infarto cardíaco el 14 de julio de 1996. Cuando desapareció ya nada volvió a ser igual. Incluso las orquídeas del patio que ella cultivaba con devoción de naturalista marchitaron sus corolas. Aunque nunca se lo dije -me remuerde a veces no haberlo hecho alguna vez- a mi madre le debo todo lo bueno que me ha ocurrido, que no ha sido poco. Jamás querré con similar intensidad. Nunca se borrará de mi memoria su rostro venerable. El almanaque no tiene un día -¡un solo día!- en que yo no la recuerde.



La 





