Apodos de litoral
Febrero 5, 2010 por Juan Morales Agüero
En el Puerto de Manatí, localidad situada a unos 64 kilómetros al norte de la ciudad de Las Tunas, nacieron y residen todavía algunos de mis mejores amigos. Con varios de ellos trabé amistad en mi ya lejana época de estudiante de la enseñanza secundaria. A otros los conocí en circunstancias diferentes, aunque igualmente perdurables. Solemos encontramos de vez en vez, y, cuando eso ocurre, nos vienen a la memoria los buenos momentos pasados juntos.Algo que siempre ha picado mi curiosidad en los portuarios –tanto de mis amigos como de quienes no lo son- es su proverbial tendencia a endilgarse y a llamarse entre sí por apodos de la más heterogénea naturaleza. Sí, la onomástica del ultramarino poblado, siempre tan pintoresco y hospitalario, es una auténtica exhibición de sobrenombres extravagantes, rasgo característico de las comarcas pequeñas, donde todos sus habitantes se conocen. 
Allí uno se puede encontrar con motes tales como Chapín, La Chopa y Tortugón, todos con inconfundible sabor a mar y justificados por la convivencia de sus habitantes con el salado elemento. Sin embargo, otros recuerdan a ciertas aves que no figuran en la fauna local, como Tomeguín, El Títere y El Perico. Y nada de Gaviota, Pelícano o Flamenco, como sería lógico que ocurriera, dada la afinidad de estas especies aladas con territorios cercanos al litoral.
Si de insectos se trata, quien visite el Puerto se encuentra de sopetón con apodos relacionados con esas especies biológicas. Escuchen estos: La Nigua, El Piojo y El Grillo. Amigos míos, ¿qué habrán hecho sus portadores para merecer tan estrafalarios apelativos? Se necesita estar en posesión de una capacidad de fantasía extraordinaria para bautizar así al prójimo.
Pero la lista sigue hasta lo inimaginable. Nombres con reminiscencias de instrumentos cortantes existen también: Machete y Serrucho. ¡Vaya usted a saber sus orígenes! Y con sugerencias agroalimentarias, tales como Boniato y Frijol. De criaturas cuadrúpedas hay a montones: El Chivo, El Gato, El Oso, El Mono y El Mulo. He dejado para al final algunos a los cuales no le encuentro lógica. Oigan: Tin Tan Ton, Vira Palo y Piribico.
Lo simpático del caso es que ninguno se enoja ni se escandaliza cuando sus vecinos de asentamiento lo llaman –lo mismo a solas que en presencia de terceros- por su correspondiente mote, el cual, en buena medida, ha reemplazado al nombre legítimo con el que alguna vez sus padres lo inscribieron oficialmente en las páginas del Registro Civil.
Se suceden las generaciones y la práctica de endilgarles apodos extravagantes a los habitantes del Puerto del Manatí prosigue allí como si tal cosa. Estamos ante un caso interesantísimo para que lo estudien los sociólogos, lingüistas, etnólogos y folcloristas, ¿no creen? Con su toque de color y su manera de ver la vida, nuestro Puerto y su gente jamás dejarán de sorprender.

Allí uno se puede encontrar con motes tales como Chapín, La Chopa y Tortugón, todos con inconfundible sabor a mar y justificados por la convivencia de sus habitantes con el salado elemento. Sin embargo, otros recuerdan a ciertas aves que no figuran en la fauna local, como Tomeguín, El Títere y El Perico. Y nada de Gaviota, Pelícano o Flamenco, como sería lógico que ocurriera, dada la afinidad de estas especies aladas con territorios cercanos al litoral.

Si de insectos se trata, quien visite el Puerto se encuentra de sopetón con apodos relacionados con esas especies biológicas. Escuchen estos: La Nigua, El Piojo y El Grillo. Amigos míos, ¿qué habrán hecho sus portadores para merecer tan estrafalarios apelativos? Se necesita estar en posesión de una capacidad de fantasía extraordinaria para bautizar así al prójimo.
Pero la lista sigue hasta lo inimaginable. Nombres con reminiscencias de instrumentos cortantes existen también: Machete y Serrucho. ¡Vaya usted a saber sus orígenes! Y con sugerencias agroalimentarias, tales como Boniato y Frijol. De criaturas cuadrúpedas hay a montones: El Chivo, El Gato, El Oso, El Mono y El Mulo. He dejado para al final algunos a los cuales no le encuentro lógica. Oigan: Tin Tan Ton, Vira Palo y Piribico.
Lo simpático del caso es que ninguno se enoja ni se escandaliza cuando sus vecinos de asentamiento lo llaman –lo mismo a solas que en presencia de terceros- por su correspondiente mote, el cual, en buena medida, ha reemplazado al nombre legítimo con el que alguna vez sus padres lo inscribieron oficialmente en las páginas del Registro Civil.Se suceden las generaciones y la práctica de endilgarles apodos extravagantes a los habitantes del Puerto del Manatí prosigue allí como si tal cosa. Estamos ante un caso interesantísimo para que lo estudien los sociólogos, lingüistas, etnólogos y folcloristas, ¿no creen? Con su toque de color y su manera de ver la vida, nuestro Puerto y su gente jamás dejarán de sorprender.
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JUAN MORALES AGÜERO
(LAS TUNAS, CUBA)
Máster en Ciencias de la Comunicación por la Universidad de La Habana (2009). Licenciado en Periodismo por la Universidad de Oriente (1993). Graduado en Educación Física y Deportes (1976). Profesor universitario adjunto de Comunicación Social. Premio de la Ciudad en Periodismo (1996). Diplomado en el Instituto Internacional de Periodismo de La Habana (1999). Cobertura periodística en la República de Guatemala (2002). Ganador de varios concursos provinciales y nacionales. Corresponsal en Las Tunas del periódico Juventud Rebelde. Autor del libro POSTALES TUNERAS, publicado por la Editorial Sanlope en 2005 y reeditado por el propio sello en 2009.






Francisca Agüero Mayo era su nombre. Pero eso casi nadie lo sabía. Para sus vecinos, familiares y amigos ella fue siempre, sencillamente, Paquita. Nació el 28 de agosto de 1926 en el tunero barrio de El Oriente. Sin embargo, casi toda su existencia transcurrió en Manatí, a donde fue a residir cuando se casó con mi padre el 4 de diciembre de 1954. Nieta del coronel mambí Calixto Agüero y Agüero, en su personalidad convivieron el carácter y la ternura. Se pasó toda la vida haciendo el bien a los demás y sacrificándose por su familia. Hipertensa crónica con récord personal de presión máxima de 280 mmHg, murió de un colosal infarto cardíaco el 14 de julio de 1996. Cuando desapareció ya nada volvió a ser igual. Incluso las orquídeas del patio que ella cultivaba con devoción de naturalista marchitaron sus corolas. Aunque nunca se lo dije -me remuerde a veces no haberlo hecho alguna vez- a mi madre le debo todo lo bueno que me ha ocurrido, que no ha sido poco. Jamás querré con similar intensidad. Nunca se borrará de mi memoria su rostro venerable. El almanaque no tiene un día -¡un solo día!- en que yo no la recuerde.




