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La historia de los cementerios viaja estrechamente ligada a la propia existencia del hombre. Estos sitios sagrados y místicos –«lo más penoso de la muerte es el silencio», dijo el escritor francés Romain Rolland- llegaron hasta nosotros no solo para estudiar y filosofar en torno al bien llamado último día, sino también para pasarle revista a la vida.
Las Tunas tiene referencias a las cuales remitirse en materia de camposantos. Por cierto, la génesis de los servicios necrológicos se remonta aquí a centurias atrás, cuando era tradición universal entre los cristianos darles sepultura a los difuntos en los patios de las iglesias.
En Cuba esta práctica debutó en la villa de La Habana, cuando los ibéricos erigieron la Parroquial Mayor, pionero de todos los templos capitalinos, cuyo carácter fundacional lo convirtió, además, en la primera iglesia donde se inhumaron personas fallecidas. Se dice que como los piratas incineraron los libros parroquiales que registraban defunciones desde 1582, se adoptó como enterramiento primigenio en el país el de María Magdalena Comadre, ocurrido el 24 de enero de 1613.
Es curioso conocer que nuestros aborígenes procedían de otra manera cuando les otorgaban sitio final a sus occisos. Un estudio del licenciado José A. López, del Centro Nacional de Información de Ciencias Médicas, asegura al respecto lo siguiente:
«Antes del arribo de los europeos a Cuba, el gran problema social que significaba separar los muertos de los vivos se resolvía por los indios siboneyes mediante la disección de los cadáveres hasta dejarlos como momias. Para la conservación de los huesos utilizaban estatuas de madera hueca, que adquirían el nombre de la persona a que pertenecían. Entre los taínos era más común la realización de los enterramientos en lugares apartados, aunque también practicaban la cremación cuando deseaban saber si el médico había tenido alguna responsabilidad en un deceso.»
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El principio del fin de esta práctica tuvo lugar en la metrópoli española en el siglo XVIII por Real Cédula. Cuba le siguió los pasos, pues, a juzgar por el referido estudio, «el crecimiento de la población criolla y extranjera trajo consigo el lógico incremento de defunciones por año, con la consiguiente escasez de espacio para los enterramientos. A ello se agregó la infestación de las iglesias, en algunas de las cuales era imposible permanecer mucho tiempo, dado el insoportable olor que despedían las sustancias de la descomposición de los muertos. Esta circunstancia, además de conspirar contra el buen servicio del culto religioso llegó a constituir una amenaza para la salud pública. Por ello, con el transcurso del tiempo, las iglesias dejaron de ser sede de los enterramientos».
Fue durante el gobierno de Don Salvador De Muro y Salazar, Marqués de Someruelos, cuando se construyeron en Cuba las primeras necrópolis allende las iglesias. La primera de ellas, por cierto, resultó ser el Cementerio General de La Habana, conocido luego por Cementerio de Espada.
Se debe precisar que aunque el territorio tunero tuvo ermita católica desde 1690, esta no alcanzó la categoría de iglesia hasta 1752. Años antes, el Obispo don Jerónimo Valdés había autorizado edificarla al heredero del hato de Las Tunas, Diego Clemente del Rivero. Por entonces la población de la comarca se encontraba sumamente dispersa, por lo que no hubo enterramientos allí hasta 1790. Ya para esa fecha muchos lugareños se congregaban en torno al templo.
Aquella parroquia fundacional se encontraba en el mismo lugar donde radica hoy la iglesia principal de la ciudad. Su patio incluía la zona actual del parque Vicente García y de la vecina tienda Casa Azul. Fue esta área el primer cementerio que tuvo la ciudad. Anónimos y seculares, reposan allí desde entonces los restos mortales de quién sabe cuántos tuneros de la época.
En el año 1847, la necrópolis tunera trasladó su sede para la zona donde se localiza actualmente. Y algo curioso: en aquella etapa fue bautizada con el nombre de Cementerio de Colón, igual que su homólogo capitalino. No fue hasta el siglo XX que pasó a llamarse como lo conocemos ahora: Cementerio Municipal Mayor General Vicente García.
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Cuando se construyó tenía 45 varas de fondo por 44 de frente. La fachada era de mampostería y el resto de tablas de jiquí. Durante la Guerra de los Diez Años los españoles lo utilizaron como área de defensa, por lo que fue escenario de encarnizados combates. En 1945 lo sometieron a reconstrucción por colecta pública. Un Patronato pro-reconstrucción, aumento y mejoramiento del cementerio, presidido por el doctor Rafael Arenas, recaudó mil 177 pesos para las obras. Las fuerzas vivas citadinas donaron materiales y otros recursos. El estado constructivo de la necrópolis mejoró, pero el proyecto originó que muchas tumbas de la parte delantera se perdieran para siempre.
De todos los sepulcros que se conservan hoy en día en el Cementerio Municipal Mayor General Vicente García, el más antiguo es el de la francesa Victoria Martinell, fallecida en 1860. Por cierto, esta mujer era la madre de Iria Mayo, la compañera en la vida de Charles Peiso, el legendario colaborador de los mambises que tomó parte en la Comuna de París, quien cayó en combate el 7 de julio de 1877.
Actualmente nuestro cementerio tiene un área de cuatro mil metros cuadrados y está dividido en 12 patios, con un promedio de 500 tumbas cada uno. Su estilo es más bien ecléctico, con un notorio nivel de arte funerario. La mayoría de las esculturas son obra del artista español Nicasio Menza, quien radicó por acá durante varios años, y casi todos los panteones abovedados salieron de la imaginación del marmolista cubano José Domínguez.
Algunas de las más relevantes figuras tuneras de los dos últimos siglos están enterradas aquí. También reposan en su osario los restos de nuestros mártires internacionalistas. El mausoleo del Mayor General Vicente García clasifica como uno de los sepulcros más visitados. Está hecho de mármol de Carrara y es la ofrenda de Las Tunas a uno de sus hijos más entrañables e ilustres.
Desde la más humilde fosa común hasta el más suntuoso panteón, el cementerio municipal tunero transpira historia y sentimiento. La ciudad de los difuntos palpita cada día con la certeza de que nadie la olvida. En fin de cuentas, ella será, inexorablemente, nuestra última morada.