Historia de un faro
Septiembre 6, 2007 por Juan Morales Agüero
Los faros son estructuras desde las que se proyecta luz durante la noche o que sirven como referencia durante el día para guiar a los navíos en aguas cercanas a la costa. Su importancia está probada en la historia de la navegación, pues ni se sabe cuántos buques de todos los calados y épocas han podido sortear con éxito peligros marítimos de todo tipo gracias a su oportuna intervenciónEstos aparatos suelen construirse en puntos costeros importantes, así como en rocas aisladas o hundidas, en aguas poco profundas y en las entradas de los puertos. Tienen su origen en las fogatas que hacían en las playas los marineros antes de zarpar para tener después iluminado el sitio exacto del retorno.
El faro más célebre de la historia fue el de la ciudad egipcia de Alejandría, considerado una de las Siete Maravillas del mundo antiguo. Se erigió en una isla llamada precisamente así, Faro, en época tan remota como el año 279 antes de Cristo. Tenía forma octogonal sobre una plataforma cuadrada, con una altura de 134 metros. Un colosal terremoto lo derribó en el siglo XIV.
Hoy los especialistas calculan que un faro de un metro de elevación puede divisarse a 15 kilómetros de distancia mar adentro, y uno de 100 metros a 48 kilómetros. En sus señales luminosas, estos aparatos utilizan por lo común luces de color blanco, porque la verde y la roja tiene menos intensidad.
El faro del Puerto de Manatí entró en servicios el día 5 de septiembre de 1923, y sus primeros destellos fueron vistos exactamente a las 5 y 30 de la tarde de ese día. Un libro de bitácora guardado celosamente por Isauro García Pérez, un habitante de este poblado marítimo, registra que la primera persona en desempeñar el oficio de farero allí se llamó Manuel Gómez Flores.
También consigna que aquel día se hallaba atracado en el muelle manatiense el vapor norteamericano Santa Isabel, cuyo capitán, en unión del práctico del puerto, se hizo a la mar en la embarcación La joven Pastora para comprobar con sus propios ojos el alcance de los destellos, lo cual corroboró desde la zona conocida por Punta Brava, a nueve millas y media del espigón.
Gracias a su posición en el litoral manatiense, muchos barcos pudieron rectificar rumbo en épocas en que la navegación no estaba todavía suficientemente desarrollada. Hoy la tecnología ha desplegado medios más avanzados que proyectan rayos luminosos desde lámparas incandescentes. Así, las luces modernas son eléctricas y están equipadas con varios tipos de señales para la niebla y sistemas auxiliares de navegación por radio. Sin embargo, los faros clásicos continúan ahí, como si tal cosa.
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JUAN MORALES AGÜERO
(LAS TUNAS, CUBA)
Máster en Ciencias de la Comunicación por la Universidad de La Habana (2009). Licenciado en Periodismo por la Universidad de Oriente (1993). Graduado en Educación Física y Deportes (1976). Profesor universitario adjunto de Comunicación Social. Premio de la Ciudad en Periodismo (1996). Diplomado en el Instituto Internacional de Periodismo de La Habana (1999). Cobertura periodística en la República de Guatemala (2002). Ganador de varios concursos provinciales y nacionales. Corresponsal en Las Tunas del periódico Juventud Rebelde. Autor del libro POSTALES TUNERAS, publicado por la Editorial Sanlope en 2005 y reeditado por el propio sello en 2009.






Francisca Agüero Mayo era su nombre. Pero eso casi nadie lo sabía. Para sus vecinos, familiares y amigos ella fue siempre, sencillamente, Paquita. Nació el 28 de agosto de 1926 en el tunero barrio de El Oriente. Sin embargo, casi toda su existencia transcurrió en Manatí, a donde fue a residir cuando se casó con mi padre el 4 de diciembre de 1954. Nieta del coronel mambí Calixto Agüero y Agüero, en su personalidad convivieron el carácter y la ternura. Se pasó toda la vida haciendo el bien a los demás y sacrificándose por su familia. Hipertensa crónica con récord personal de presión máxima de 280 mmHg, murió de un colosal infarto cardíaco el 14 de julio de 1996. Cuando desapareció ya nada volvió a ser igual. Incluso las orquídeas del patio que ella cultivaba con devoción de naturalista marchitaron sus corolas. Aunque nunca se lo dije -me remuerde a veces no haberlo hecho alguna vez- a mi madre le debo todo lo bueno que me ha ocurrido, que no ha sido poco. Jamás querré con similar intensidad. Nunca se borrará de mi memoria su rostro venerable. El almanaque no tiene un día -¡un solo día!- en que yo no la recuerde.