El río de los nueve puentes
Febrero 28, 2008 por Juan Morales Agüero
Nuestro río Hórmigo es como un capilar mojado que repta sobre la piel bicentenaria de la ciudad de Las Tunas, balcón del oriente cubano. A juzgar por lo que dice el Diccionario Geográfico, Estadístico e Histórico de la Isla de Cuba, del desaparecido erudito Jacobo de la Pezuela, «nace en el Norte y corre hacia el Sur. Es vadeable, excepto en sus crecidas. Tiene aguas impotables, ni aun útiles para usos interiores. Le tributan caudal los ríos Cornito y Ahogapollos». Toda esta referencia bibliográfica se mantiene sin variación, poco más de un siglo después de ser escrita.Lo que no se consigna en la breve minuta enciclopédica es que nuestro entrañable río Hórmigo —originalmente llamado Hormiguero— escurre su culebreante y angosto cauce bajo las arcadas de nueve puentes, todos distribuidos a capricho a lo largo de su trayecto citadino, un caso inédito en Cuba. De ahí que los haya periféricos, urbanos, suntuosos, plebeyos, pequeños, grandes, peatonales, automotores, recientes, antiguos, altos, bajos… Nueve puentes sumamente transitados y suficientemente conocidos por la mayoría de los tuneros, con independencia de edades y de épocas.
Voy con la lista completa: el primero de estos puentes se localiza en la zona industrial de la ciudad, y a este les continúan los de las calles René Ramos, Martí, Lucas Ortiz, Vicente García, Colón, Nicolás Heredia, accesos al cementerio municipal y carretera circunvalante. Casi todas estas plataformas permiten el tránsito de vehículos automotores de cualquier tamaño y porte. Solo los puentes ubicados en las calles Nicolás Heredia y Colón —por lo estrechos y pequeños— admiten exclusivamente la circulación de peatones.
El puente de la carretera central -próximo al centro histórico de la ciudad- clasifica tal vez como el más connotado y simbólico de todos. Se construyó en los años 30 del siglo pasado, cuando comenzó a proyectarse la importante vía que atraviesa a Cuba de uno a otro extremo. Vino en reemplazo del llamado puente Wood —apellido de Leonardo, un interventor norteamericano de principios del siglo XX— cuya estructura era de madera y databa de inicios de centuria. Se cuenta que antes de 1959 muchas familias pobres que no disponían de techo alguno donde guarecerse pernoctaron bajo sus arcos.
Resulta un ejercicio interesante recorrer el itinerario citadino del río Hórmigo por entre sus pasarelas de metal y de concreto. De esa manera uno confirma que tres de sus armazones devienen virtuales atajos por donde los lugareños acortan el trayecto que conduce hasta la Feria Agropecuaria de la localidad. Jornada por jornada, y a cualquier hora del día o de la noche, trasiegan a través de ellos cientos de tuneros en una y otra direcciones. Lo mismo ocurre con el resto de las estructuras, independientemente de su ubicación.
Al río Hórmigo y a sus rumores les cantó en versos Juan Cristóbal Nápoles Fajardo (El Cucalambé), un decimista tunero considerado por la crítica como el mayor exponente de la poesía bucólica cubana del siglo XIX. Un poemario suyo, no por casualidad titulado Rumores del Hórmigo, se inspiró en las bellezas que acompañan el curso de la corriente fluvial en tiempos en que su murmullo solía ser cántico de fondo para enamorados de circunstancia.
De entonces acá, por supuesto, mucha agua ha corrido, y hoy el cantarín riachuelo es solo un atributo más de la ciudad que serpentea bajo nueve arcadas su monotonía cotidiana. Nunca un río tan humilde fue coronado por tantos puentes. Los tuneros caminan sobre ellos del brazo de una historia que ya tiene 211 años de existencia.
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JUAN MORALES AGÜERO
(LAS TUNAS, CUBA)
Máster en Ciencias de la Comunicación por la Universidad de La Habana (2009). Licenciado en Periodismo por la Universidad de Oriente (1993). Graduado en Educación Física y Deportes (1976). Profesor universitario adjunto de Comunicación Social. Premio de la Ciudad en Periodismo (1996). Diplomado en el Instituto Internacional de Periodismo de La Habana (1999). Cobertura periodística en la República de Guatemala (2002). Ganador de varios concursos provinciales y nacionales. Corresponsal en Las Tunas del periódico Juventud Rebelde. Autor del libro POSTALES TUNERAS, publicado por la Editorial Sanlope en 2005 y reeditado por el propio sello en 2009.






Francisca Agüero Mayo era su nombre. Pero eso casi nadie lo sabía. Para sus vecinos, familiares y amigos ella fue siempre, sencillamente, Paquita. Nació el 28 de agosto de 1926 en el tunero barrio de El Oriente. Sin embargo, casi toda su existencia transcurrió en Manatí, a donde fue a residir cuando se casó con mi padre el 4 de diciembre de 1954. Nieta del coronel mambí Calixto Agüero y Agüero, en su personalidad convivieron el carácter y la ternura. Se pasó toda la vida haciendo el bien a los demás y sacrificándose por su familia. Hipertensa crónica con récord personal de presión máxima de 280 mmHg, murió de un colosal infarto cardíaco el 14 de julio de 1996. Cuando desapareció ya nada volvió a ser igual. Incluso las orquídeas del patio que ella cultivaba con devoción de naturalista marchitaron sus corolas. Aunque nunca se lo dije -me remuerde a veces no haberlo hecho alguna vez- a mi madre le debo todo lo bueno que me ha ocurrido, que no ha sido poco. Jamás querré con similar intensidad. Nunca se borrará de mi memoria su rostro venerable. El almanaque no tiene un día -¡un solo día!- en que yo no la recuerde.


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