Origen del Día de San Valentín
Febrero 14, 2008 por Juan Morales Agüero
Hoy, 14 de febrero, en una buena parte del planeta se celebra el Día de San Valentín. Infinidad de parejas de todas las procedencias, razas, geografías, edades, ideologías y profesiones entrelazan sus manos, se miran con intensidad y fijeza a los ojos o se juran amarse eternamente. Lo que no logra el más sublime de los sentimientos no lo consigue nada ni nadie. Cupido, dios del amor, lo sabe bien, y el mundo en pleno palpita cada año al calor de esta fecha.Al diferencia de lo que piensan muchas personas, no se trata de una jornada tomada al azar para rendirle pleitesía a la deidad del carcaj y las flechas. El día tampoco tiene conexiones con el santoral que publican los almanaques y los diarios. En realidad, la conmemoración tiene su propia historia y sus consabidos protagonistas.
En la época del emperador romano Claudio II -allá por el año 270 de la era moderna- el mundo vivía estremecido por las constantes guerras entre los hombres. Para que sus jóvenes soldados rindieran más en las batallas y se concentraran en cuerpo y alma a la idea de derrotar a toda costa al enemigo, el tal Claudio II dictó un edicto absurdo e inhumano: ¡les prohibió a ellos contraer matrimonio!
Un obispo veinteañero de nombre Valentín hizo caso omiso del decreto imperial y se las arregló para desposar en secreto a las parejas que se lo solicitaban. Su templo se convirtió en una suerte de palacio conyugal. Pero el altruismo del sacerdote no duró mucho tiempo. Casi al iniciarse el año de marras fue descubierto, juzgado y condenado a muerte. Lo decapitaron el 14 de febrero.
Cuenta la historia que, mientras estuvo preso en espera de su ejecución, el obispo se enamoró perdidamente de la hija ciega de su carcelero. Con ella obró el milagro de devolverle la vista. Antes de morir, Valentín escribió a su amada un mensaje que terminaba con esta frase: «…de tu Valentín». Y, desde entonces, se adoptó la fecha de su azarosa muerte como el Día de los Enamorados.
Hoy las parejas que se aman en todas las latitudes del globo terráqueo se dan cita en esquinas, cabarets, parques, restaurantes, playas, bosques, plazas, templos, oasis, lagos, montañas… para confirmar juntos que el amor nunca morirá. Tal vez ella preparará un plato especial para comerlo junto a él en casa. O a lo mejor él se agenciará una pucha de margaritas para deshojársela a ella a los pies. Es que el amor es así, impredecible. ¡Ahí radica su encanto!
El mundo es hoy, 14 de febrero, un canto hermoso al amor. Llámese San Valentín o Día de los Enamorados, la gente que se quiere hará de la jornada un nuevo motivo para quererse.
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JUAN MORALES AGÜERO
(LAS TUNAS, CUBA)
Máster en Ciencias de la Comunicación por la Universidad de La Habana (2009). Licenciado en Periodismo por la Universidad de Oriente (1993). Graduado en Educación Física y Deportes (1976). Profesor universitario adjunto de Comunicación Social. Premio de la Ciudad en Periodismo (1996). Diplomado en el Instituto Internacional de Periodismo de La Habana (1999). Cobertura periodística en la República de Guatemala (2002). Ganador de varios concursos provinciales y nacionales. Corresponsal en Las Tunas del periódico Juventud Rebelde. Autor del libro POSTALES TUNERAS, publicado por la Editorial Sanlope en 2005 y reeditado por el propio sello en 2009.






Francisca Agüero Mayo era su nombre. Pero eso casi nadie lo sabía. Para sus vecinos, familiares y amigos ella fue siempre, sencillamente, Paquita. Nació el 28 de agosto de 1926 en el tunero barrio de El Oriente. Sin embargo, casi toda su existencia transcurrió en Manatí, a donde fue a residir cuando se casó con mi padre el 4 de diciembre de 1954. Nieta del coronel mambí Calixto Agüero y Agüero, en su personalidad convivieron el carácter y la ternura. Se pasó toda la vida haciendo el bien a los demás y sacrificándose por su familia. Hipertensa crónica con récord personal de presión máxima de 280 mmHg, murió de un colosal infarto cardíaco el 14 de julio de 1996. Cuando desapareció ya nada volvió a ser igual. Incluso las orquídeas del patio que ella cultivaba con devoción de naturalista marchitaron sus corolas. Aunque nunca se lo dije -me remuerde a veces no haberlo hecho alguna vez- a mi madre le debo todo lo bueno que me ha ocurrido, que no ha sido poco. Jamás querré con similar intensidad. Nunca se borrará de mi memoria su rostro venerable. El almanaque no tiene un día -¡un solo día!- en que yo no la recuerde.