La otra secuela de Ike
Septiembre 30, 2008 por Juan Morales AgüeroPero las salpicaduras del 6 de septiembre pasado traían consigo intenciones distintas. Esther lo percibió cuando una ola enorme se suicidó ruidosa y violentamente contra los arrecifes. «Voy a evacuarme» –decidió-. Y se montó en el camión.
Al anochecer, ya en un refugio seguro, sintió afuera como si el mundo se estuviera acabando: viento fortísimo, árboles derribados, tejas pulverizadas, gritos de vecinos, paredes echadas abajo…
«Este ciclón es lo más terrible que he visto en toda mi vida –admite ya de vuelta en su morada, asombrosamente ilesa del trance. Ni siquiera el de 1932 causó tanto daño en el pueblo. ¡Y eso que sopló durooooo…! Pero el de ahora lo dejó chiquitico.»
Es viernes y el mar duerme a pierna suelta la siesta del mediodía. En Guayabal la gente acarrea las excrecencias de Ike: escombros y arena. Sentada en su portal, Esther hurga dentro de una gaveta. Un montón de papeles húmedos emerge como de una chistera.
«Trato de salvar fotos, cartas, documentos y recortes de periódicos que guardaba desde hace muchísimo tiempo –comenta sin levantar la vista-. El mar los empapó y, vea, ahora casi todos están hechos una calamidad. El agua salada no cree en nadie».
Junta los trozos estropeados como quien arma un rompecabezas. Les traen evocaciones de su biografía. «Esta es una factura de la tienda de Montenegro» –dice, y me muestra un papel chorreante de agua-. Tiene más de 60 años. Y esta es la inscripcion de nacimiento de mi primer hijo, con los sellos de timbre que compré en el pueblo. Y mire, un almanaque de 1946. ¡Cuánto ha llovido de allá hasta acá…!
Lo que más lamenta es la pérdida de fotografías con gran valor sentimental. Como las de su boda. «Pude haberlas evacuado conmigo», acota. Solo sobrevivió una en la que aparece ella con su esposo, un árabe radicado en la zona desde el siglo pasado.
Tras el paso del huracán Ike, en Cuba hay millares de personas en el mismo trance existencial de Esther. ¿Qué perdieron, además? Una madre, la única foto del hijo muerto; un profesional, el título colgado de la pared; una abuela, su alcanforado baúl de los recuerdos; una muchacha, la carta de su primer y gran amor; un bibliófilo, su libro predilecto; un soldado, la medalla de Servicios Distinguidos…
Los ciclones no solo destrozan edificios y plantaciones. También lastiman en profundidad los sentimientos. Un inmueble puede erigirse nuevamente. Un campo dará otra vez frutos. Pero el patrimonio espiritual -ese que viaja en imágenes sobre una cartulina o escrito con letra menuda sobre un papel- no se recupera jamás.
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JUAN MORALES AGÜERO
(LAS TUNAS, CUBA)
Máster en Ciencias de la Comunicación por la Universidad de La Habana (2009). Licenciado en Periodismo por la Universidad de Oriente (1993). Graduado en Educación Física y Deportes (1976). Profesor universitario adjunto de Comunicación Social. Premio de la Ciudad en Periodismo (1996). Diplomado en el Instituto Internacional de Periodismo de La Habana (1999). Cobertura periodística en la República de Guatemala (2002). Ganador de varios concursos provinciales y nacionales. Corresponsal en Las Tunas del periódico Juventud Rebelde. Autor del libro POSTALES TUNERAS, publicado por la Editorial Sanlope en 2005 y reeditado por el propio sello en 2009.






Francisca Agüero Mayo era su nombre. Pero eso casi nadie lo sabía. Para sus vecinos, familiares y amigos ella fue siempre, sencillamente, Paquita. Nació el 28 de agosto de 1926 en el tunero barrio de El Oriente. Sin embargo, casi toda su existencia transcurrió en Manatí, a donde fue a residir cuando se casó con mi padre el 4 de diciembre de 1954. Nieta del coronel mambí Calixto Agüero y Agüero, en su personalidad convivieron el carácter y la ternura. Se pasó toda la vida haciendo el bien a los demás y sacrificándose por su familia. Hipertensa crónica con récord personal de presión máxima de 280 mmHg, murió de un colosal infarto cardíaco el 14 de julio de 1996. Cuando desapareció ya nada volvió a ser igual. Incluso las orquídeas del patio que ella cultivaba con devoción de naturalista marchitaron sus corolas. Aunque nunca se lo dije -me remuerde a veces no haberlo hecho alguna vez- a mi madre le debo todo lo bueno que me ha ocurrido, que no ha sido poco. Jamás querré con similar intensidad. Nunca se borrará de mi memoria su rostro venerable. El almanaque no tiene un día -¡un solo día!- en que yo no la recuerde.