Diciembre 31, 2008 por Juan Morales Agüero
PAZ PARA LOS CREPÚSCULOS QUE VIENEN
Paz para los crepúsculos que vienen, / paz para el puente, paz para el vino, / paz para las letras que me buscan y que en mi sangre suben enredando el viejo canto con tierra y amores, / paz para la ciudad en la mañana cuando despierta el pan, / paz para el río Mississippi, río de las raíces: / paz para la camisa de mi hermano, / paz en el libro como un sello de aire, / paz para el gran koljós de Kíev, / paz para las cenizas de estos muertos y de estos otros muertos, / paz para el hierro negro de Brooklyn, / paz para el cartero de casa en casa como el dia, / paz para el coreógrafo que grita con un embudo a las enredaderas, / paz para mi mano derecha, que sólo quiere escribir Rosario: / paz para el boliviano secreto como una piedra de estaño, / paz para que tú te cases, / paz para todos los aserraderos de Bío Bío, / paz para el corazón desgarrado de España guerrillera, / paz para el pequeño Museo de Wyoming en donde lo más dulce es una almohada con un corazón bordado, / paz para el panadero y sus amores y paz para la harina: / paz para todo el trigo que debe nacer, para todo el amor que buscará follaje, / paz para todos los que viven, / paz para todas las tierras y las aguas. (Pablo Neruda, poeta chileno, Premio Nobel de Literatura)
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Diciembre 25, 2008 por Juan Morales Agüero
La primera construcción occidental en el continente americano acaba de cumplir 516 años de erigida. Aunque, obviamente, de su arcaica y rústica estructura no quedó para la posteridad ni siquiera un clavo, resulta interesante conocer las circunstancias de su debut. El hecho ocurrió el 25 de diciembre de 1492, y establece nexos con la primera travesía de Cristóbal Colón al llamado Nuevo Mundo.
A juzgar por las crónicas de la época, a inicios del citado mes de diciembre el Gran Almirante arribó con sus tres carabelas al litoral de La Española, isla a la que los nativos llamaban por entonces Bohío. Fue recibido junto a sus hombres de mar con grandes muestras de amabilidad, especialmente por parte de Guacanagarí, cacique de la costa noroeste de lo que es hoy Cabo Haitiano, en la vecina República de Haití.
Por un descuido del propio Cristóbal Colón, días después encalló entre los arrecifes de la costa la Santa María, buque insignia de la expedición española. Tenía tres palos, 76 pies de largo, 26 de ancho, siete de calado y un peso muerto de 225 toneladas. Del accidente salió ilesa la totalidad de su tripulación –compuesta por 30 marineros y dos grumetes-, pero la embarcación quedó inutilizada por completo para navegar.
Los aborígenes taínos, con Guacanagarí al frente, ayudaron a los recién llegados en las labores de salvamento, tanto de los hombres como de la carga que la nave transportaba a bordo. Al concluir esta tarea, el genovés decidió que con los restos de la nave se construyera un fuerte al que dio por nombre Navidad, en honor al 25 de diciembre, día de la zozobra. Así quedó fundada la primera construcción occidental en América, localizada entre la desembocadura del río Guarico y la Punta de Picolet.
Tras la edificación del fuerte, Colón decidió regresar a España con La Pinta y La Niña, las dos carabelas restantes, el 4 de enero de 1493. En el flamante fuerte quedaron la tripulación de la nave siniestrada y otro grupo de hombres fuertemente armados bajo las órdenes de Diego de Arana, alguacil de la expedición, con provisiones suficientes como para soportar sin contratiempos una prolongada y paciente espera.
Luego de dos meses a través del Atlántico alcanzó Lisboa y después Palos de la Frontera. En abril llegó a Barcelona donde fue recibido como un héroe por los Reyes Católicos. El detallado informe que Colón escribió explicando lo que había visto en las nuevas tierras se reprodujo enseguida y fue conocido con gran interés por los europeos. Los resultados obtenidos animaron a la corona a preparar el segundo viaje.
Así fue como el Gran Almirante reunió una gran flota compuesta por 17 navíos con mil 500 hombres y se hizo otra vez a la mar rumbo al Nuevo Mundo el 25 de septiembre de 1493. Llevaba la instrucción expresa de Isabel y Fernando, los soberanos españoles, de colonizar, convertir y explotar económicamente las tierras descubiertas. La nave capitana fue nombrada La Santa María, en honor a su predecesora.
El 27 de noviembre, luego de enfrentar peligros y avatares sobre el océano, la flota tiró anclas a la altura del fuerte Navidad. Para su sorpresa, Colón lo encontró completamente destruido y comprobó -aterrado- que toda la guarnición había sido aniquilada. Luego el cacique Guacanagarí le explicó que, debido a las violaciones, abusos y atropellos cometidos por los españoles contra las indígenas de la comarca, el cacique caribe Canoabo, junto a sus hombres y a su mujer Anacaona, los eliminaron.
Ese fue el origen y el final del primer asentamiento europeo en América.
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Diciembre 23, 2008 por Juan Morales Agüero
Esta fabulosa anécdota la encontré en Internet. Retrata a aquellos maestros que no se conforman con transmitir conocimientos, sino que aspiran a algo superior: enseñar a pensar. La comparto hoy con mis ciberlectores convencido de que advertirán su gran agudeza.
Sir Ernest Rutherford, presidente de la Real Sociedad Británica y Premio Nobel de Química en 1908, contaba que cierta vez recibió la llamada de un colega. Estaba a punto de suspender a un alumno por la respuesta dada a un problema de Física, pese a la afirmación del muchacho de que era absolutamente correcta. Mi amigo me pidió arbitraje imparcial.
La pregunta de referencias decía así: «Demuestre cómo se puede establecer la altura de un edificio por medio de un barómetro». El alumno había respondido: «Llevo el barómetro a la azotea del edificio y le ato una cuerda muy larga. Luego lo descuelgo hasta la acera, marco y mido. El largo de la cuerda es igual a la altura del edificio».
La respuesta planteaba un serio problema, porque, a pesar de ser sin dudas correcta, si se le concedía al estudiante la máxima calificación, le certificaría un elevado nivel en Física, lo cual no quedaba confirmado. Pedí que se le diera una nueva oportunidad, esta vez con la advertencia de que debía demostrar sus conocimientos de Física.
Cinco minutos después no había escrito absolutamente nada. Lo animé a comenzar y me contesto que tenía tantas respuestas que su dificultad era elegir cuál era la mejor. Le rogué que se decidiera por una. En el minuto siguiente escribió: «Tomo el barómetro, lo lanzo al suelo desde la azotea y calculo el tiempo de caída con un cronómetro. Después aplico la formula Altura = 0,5 por A por t^2. y así obtengo también la altura».
Optamos por otorgarle la calificación más elevada. Tras abandonar el despacho, me reencontré con el chico en un pasillo y le pedí que me dijera otra de sus respuestas al problema. «Son varias –respondió-. Por ejemplo, tomo el barómetro en un día de sol y mido su altura y la longitud de su sombra. Si mido a continuación la longitud de la sombra del edificio y aplico una simple proporción, tendré también su altura».
Le rogué otra. «Con gusto-dijo-. Tomo el barómetro y lo sitúo en la escalera baja del edificio. Según subo los peldaños, voy marcando la altura del barómetro y cuento el número de marcas hasta la azotea. Al final multiplico la altura del barómetro por el numero de marcas y ya tengo otra vez la altura.» Luego prosiguió: «Este otro es un método muy directo: Ato el barómetro a una cuerda y la muevo como si fuera un péndulo. Si calculo que cuando el barómetro está a la altura de la azotea la gravedad es cero y si tengo en cuenta la medida de la aceleración de la gravedad al descender el barómetro en trayectoria circular al pasar por la perpendicular del edificio, de la diferencia de estos valores, y aplicando una sencilla fórmula trigonométrica, podría calcular también el alto del inmueble.»
«En este mismo estilo de sistema –continuó su disertación-, ato el barómetro a una cuerda y lo descuelgo desde la azotea a la calle. Usándolo como un péndulo puedo calcular la altura midiendo su período de precesión. En fin, existen otras muchas maneras. Probablemente, la mejor sea tomar el barómetro, golpear con él la puerta de la casa del portero y cuando abra decirle: “Señor portero, aquí tengo un bonito barómetro. Si usted me dice la altura de este edificio, se lo regalo”».
Finalmente, le pregunté si no conocía la respuesta convencional al problema: «la diferencia de presión marcada por un barómetro en dos lugares diferentes proporciona la diferencia de altura entre ambos lugares». «¡Pues claro que la conozco! –dijo. Pero ocurre que durante mis estudios mis profesores han intentado enseñarme a pensar».
La anécdota es real y el estudiante se llamaba Niels Bohr, físico danés, Premio Nobel de Física en 1922, un innovador de la teoría cuántica.
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Diciembre 14, 2008 por Juan Morales Agüero
Cuba celebra en cada diciembre la Jornada de Homenaje a los Educadores. Se trata de un reconocimiento justo y merecido a esos auténticos guardianes de la utopía a cuya consagración tanto le debemos quienes hemos sido alguna vez discípulos. Nada fuera igual sin los maestros. Ellos son el saber personificado y la paciencia en su estado natural. Profesionales que se elevaron a sí mismos para luego contribuir mediante el conocimiento a elevar a los demás.
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El recuerdo de los muchos maestros que tuve en Manatí durante mi infancia y mi adolescencia constituye parte del patrimonio sentimental que atesoro en mi corazón. Casi todos ya murieron, pero eso no me impide evocar su memoria con el mismo cariño y respeto que les profesé cuando estaban junto al pizarrón. Es que un buen maestro no se olvida, aunque el inexorable paso del tiempo se empecino en conseguir lo contrario.
Cuando rememoro a aquellos docentes evoco enseguida a Ana Nayda Carballo… ¡Qué recia personalidad la suya! Al mencionarla, los manatienses de mi generación sentimos como si nos recorriera el cuerpo un
corrientazo de admiración. Ella nos formó y forjó en el amor a la familia, a la Patria, a sus símbolos y a sus héroes. Mujer enérgica, nos inculcó también disciplina y carácter a partir del suyo lleno de matices.
Y Beba Yagüe… ¿Cómo borrar del recuerdo a la maestra cariñosa que dedicó toda su existencia al trabajo con los niños de preescolar? No había un diablillo que no le ofrendara una flor o un beso al llegar a la escuela por la mañana. Beba les cantaba y les acompañaba al piano como nadie, con un ternura que solamente personas de su elevadísima sensibilidad pueden exhibir. Dejó una profunda huella en el magisterio local, porque lo ejerció desde lo profundo de su ser.
A Joyce Pérez la admiraré siempre por su perseverancia en la enseñanza de la Historia de Cuba. Con ella nació mi inveterado interés por esa especialidad Nunca le fue ajeno ningún hecho cubano, desde la misma llegada de los conquistadores. Y fue una luchadora incansable porque sus alumnos conocieran también a fondo la historia de la localidad, la biografía de sus mártires y el legado de su ejemplo.
Y así podría mencionar a varios maestros más: Ricardo Murado, Mirtha Rodríguez, Nélida Rueda, Martha Long, Rodolfo Medina, Mirtha Borges, Alba Vega, Vivian Yearwood, Clara Lozano, Elio Ávila, Elena Albear, Josefita López, Zoila Rodríguez, Nidia Riera, las hermanas Vega… A algunos les perdí el rastro y hoy ni siquiera sé si se encuentran en este mundo o en el otro. Pero a todos les guardo eterna gratitud por lo que me enseñaron, tanto en el orden académico como en el espiritual.
Mis maestros manatienses fueron mis progenitores intelectuales. Junto a ellos viví con intensidad la aventura del aula, el pupitre y el cuaderno. Me prepararon a conciencia para mirar a los ojos al porvenir, siempre con la perspectiva de convertirme no solo en un buen estudiante, sino también -y eso es lo más importante- en una buena persona.
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Diciembre 11, 2008 por Juan Morales Agüero

Ayer 10 de diciembre mi princesa Sofía sopló cuatro velitas por igual número de años cumplidos. ¡Qué radiante y contenta estuvo durante toda la jornada mi niña mayor! Varios de sus amiguitos del edificio la acompañaron en la celebración. Pero su «invitada de honor» fue, sin dudas, otra princesa: Beatriz, su hermanita menor, que festejará sus tres adorables abriles el próximo 3 de abril. Sofía fue ayer toda sonrisa y toda alegría. Jugó cuanto quiso, cantó canciones infantiles, recitó poemas, tocó piano y repartió golosinas. Ahhhh, y una joven estudiante de violín presente en la
fiestecita le dedicó especialmente un número con su instrumento. A cada felicitación recibida, Sofía respondía con un simpático «gracias». Y si el emisor no le replicaba con un «por nada», ella se lo recordaba. En fin, se divirtió de lo lindo y ya pregunta cuándo será su próximo cumpleaños jajajajajaja… Mis hijas son la mayor recompensa que me ha conferido la vida. Parece una perogrullada, un lugar común, una frase hecha, un camino trillado, un enunciado hueco, pero es así, y lo ratifico: ¡Sofía y Beatriz son mis tesoros! Y experimento una satisfacción enorme cuando estoy junto a ellas, atento a su crecimiento físico, a su desarrollo intelectual, presente en cada nuevo aprendizaje, a su lado en cada nuevo conocimiento incorporado… No me he perdido ni un minuto de la evolución de mis niñas. Ayer, cuando contemplaba sus semblantes felices, reafirmé como tantas otras veces algo de lo que tengo absoluta convicción: no hay nada en el mundo -por difícil que sea- que no esté dispuesto a hacer por ellas.
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