Como me lo contaron lo cuento
Enero 13, 2009 por Juan Morales Agüero
Aquel día de 1966 se enfrentaban en la ciudad tunera de Puerto Padre la novena local y la de Jobabo en el contexto de un campeonato territorial de béisbol. Para muchos de los aficionados locales, se trataba solamente de un compromiso más. Sin embargo, el juego tenía un incentivo especial: ver lanzar desde la lomita por los visitantes a Roldán Guillén, un superveloz derecho que hizo época en Cuba por ser dueño de una bola rápida poco común, terror de los bateadores y hasta de los receptores.Cuando habían transcurrido inmaculados los cinco primeros capítulos, el rapidísimo nonticulista jobabense ya acumulaba en su haber una respetable cantidad de ponches. Ante tamaño caos, los bateadores intercambiaban recomendaciones entre sí: «No lo pierdas de vista, sigue su mano de lanzar, concéntrate en la pelota…», se decían. Pero, por mucho que lo intentaban, no conseguían hacer contacto con la redonda, que parecía en ocasiones como si alcanzara velocidades supersónicas.
En el estreno del sexto inning, la acumulación de cuatro bolas malas le regaló a un portopadrense el acceso a la primera almohadilla. El desafío estaba cerrado, pues a los de Jobabo tampoco les había ido bien a la ofensiva. Por tal motivo, el inicialista, ante la posibilidad de un viraje de su pitcher, extremó las precauciones en aras de evitar que el corredor adelantara demasiado y llegara luego a la intermedia.
A esas alturas del encuentro, Roldán Guillén estaba más fresco que una lechuga y prácticamente imbateable. Sus envíos ultrarrápidos surcaban raudos los 60 pies que separan al box del home play con una mortífera carga de efectividad. «¡Strike!», cantaba una, dos, tres veces el ampaya actuante. Y los bateadores –impotentes y ultrajados- tomaban el camino del dogaut con la moral en el suelo y la majagua al hombro.
Así se mostraba el panorama cuando vino a consumir su turno ofensivo uno de los hombres de la llamada tanda débil, quien, para su desazón, ya había ingerido un par de ponches en entradas anteriores. Tomó posición, se frotó las manos, clavo sus spikes en la tierra, apretó bien la empuñadura del bate y centró toda su atención en la figura de Guillén. En primera base, el corredor comenzó a adelantar unos pasos.
La primera bola hacia la goma alcanzó la celeridad de un huracán categoría cinco. El bateador, apenas la alcanzó a distinguir cuando pasó como una bala por la zona buena: «¡Strike uno!», cantó el árbitro con la voz siniestra y el brazo diestro. El hombre se ajustó la gorra, dio dos saltitos y aguardó por el próximo envío. De nuevo el bólido blanco y con costuras se le encimó desde el montículo con la premura de un cañonazo. La mascota del receptor tronó con sonido de tumbadora: «¡Strike dos!».
Turbado ante la inminencia de su tercer ponchete de la jornada, el hombre se llamó a contar en una suerte de monólogo interior. «Tengo que adelantar el swing –pensó para sus adentros-. Guillén está demasiado duro y la bola le está llegando muy rápido. Tengo que tirarle adelantado. Si no lo hago así no lograré sacar a tiempo el bate. Tengo que tirarle adelantado. No hay otra solución. Tirarle adelantado…»
Mientras, plantado sobre el montículo, Guillén cogió el saquito de pez rubia, se situó de lado y observó atentamente las señas de su compañero de batería, todo sin dejar de vigilar con el rabillo del ojo al corredor que intentaba adelantar un par de metros en primera. Un nuevo vistazo al home. Y el de la inicial ganando más terreno… «Con mi próximo lanzamiento se irá para segunda», pensó el serpentinero.
Al unísono, el bateador se debatía cerca del plato en su obsesión por conectarle al lanzador visitante que disfrutaba de una tarde de gala: «Tirarle adelantado, tirarle adelantado, tirarle adelantador…», se repetía maquinalmente con el bate presto, al tiempo que ponía todos sus sentidos, anhelos, energías, capacidades, propósitos, sentimientos, voluntades, qué se yo, en aquel porfiado empeño.
Fue entonces cuando Roldán Guillén decidió no concederle más ventajas de espacio al presunto estafador de almohadillas, quien –confiado en sus piernas- cada vez adelantaba más en la inicial. Así, el pitcher echó un vistazo hacia el home, realizó los movimientos de rigor y, veloz y sorpresivamente, sacó el pie y se viró para primera. El corredor retornó sin problemas a la base y el árbitro lo decretó safe.
Pero, ¿y nuestro hombre en el cajón de bateo? ¿a que no aciertan qué hizo en su empecinamiento por chocar la bola tirándole adelantado? Pues lo que nadie en el estadio esperaba: tan pronto Guillén hizo como si fuera a lanzar, y confiado en que la pelota vendría en busca del tercer strike, realizó el swing más grande y aparatoso de su vida, mientas la Batos descansaba el instante dentro del mascotín del inicialista.
La carcajada colectiva fue tan descomunal y prolongada que aquel humilde pelotero les suplicó a las mil vírgenes que se lo tragara la tierra. ¡Vaya ridículo el suyo! Jamás se le volvió a ver por un campo de béisbol. La anécdota quedó ahí, confirmada por unos, negada por otros y disfrutada por todos. Por propio derecho, se integra al patrimonio de nuestro deporte nacional. Y, por lo tragicómica, merece ser contada, ¿verdad?
En el estreno del sexto inning, la acumulación de cuatro bolas malas le regaló a un portopadrense el acceso a la primera almohadilla. El desafío estaba cerrado, pues a los de Jobabo tampoco les había ido bien a la ofensiva. Por tal motivo, el inicialista, ante la posibilidad de un viraje de su pitcher, extremó las precauciones en aras de evitar que el corredor adelantara demasiado y llegara luego a la intermedia.
A esas alturas del encuentro, Roldán Guillén estaba más fresco que una lechuga y prácticamente imbateable. Sus envíos ultrarrápidos surcaban raudos los 60 pies que separan al box del home play con una mortífera carga de efectividad. «¡Strike!», cantaba una, dos, tres veces el ampaya actuante. Y los bateadores –impotentes y ultrajados- tomaban el camino del dogaut con la moral en el suelo y la majagua al hombro.
Así se mostraba el panorama cuando vino a consumir su turno ofensivo uno de los hombres de la llamada tanda débil, quien, para su desazón, ya había ingerido un par de ponches en entradas anteriores. Tomó posición, se frotó las manos, clavo sus spikes en la tierra, apretó bien la empuñadura del bate y centró toda su atención en la figura de Guillén. En primera base, el corredor comenzó a adelantar unos pasos.
La primera bola hacia la goma alcanzó la celeridad de un huracán categoría cinco. El bateador, apenas la alcanzó a distinguir cuando pasó como una bala por la zona buena: «¡Strike uno!», cantó el árbitro con la voz siniestra y el brazo diestro. El hombre se ajustó la gorra, dio dos saltitos y aguardó por el próximo envío. De nuevo el bólido blanco y con costuras se le encimó desde el montículo con la premura de un cañonazo. La mascota del receptor tronó con sonido de tumbadora: «¡Strike dos!».
Turbado ante la inminencia de su tercer ponchete de la jornada, el hombre se llamó a contar en una suerte de monólogo interior. «Tengo que adelantar el swing –pensó para sus adentros-. Guillén está demasiado duro y la bola le está llegando muy rápido. Tengo que tirarle adelantado. Si no lo hago así no lograré sacar a tiempo el bate. Tengo que tirarle adelantado. No hay otra solución. Tirarle adelantado…»
Mientras, plantado sobre el montículo, Guillén cogió el saquito de pez rubia, se situó de lado y observó atentamente las señas de su compañero de batería, todo sin dejar de vigilar con el rabillo del ojo al corredor que intentaba adelantar un par de metros en primera. Un nuevo vistazo al home. Y el de la inicial ganando más terreno… «Con mi próximo lanzamiento se irá para segunda», pensó el serpentinero.
Al unísono, el bateador se debatía cerca del plato en su obsesión por conectarle al lanzador visitante que disfrutaba de una tarde de gala: «Tirarle adelantado, tirarle adelantado, tirarle adelantador…», se repetía maquinalmente con el bate presto, al tiempo que ponía todos sus sentidos, anhelos, energías, capacidades, propósitos, sentimientos, voluntades, qué se yo, en aquel porfiado empeño.
Fue entonces cuando Roldán Guillén decidió no concederle más ventajas de espacio al presunto estafador de almohadillas, quien –confiado en sus piernas- cada vez adelantaba más en la inicial. Así, el pitcher echó un vistazo hacia el home, realizó los movimientos de rigor y, veloz y sorpresivamente, sacó el pie y se viró para primera. El corredor retornó sin problemas a la base y el árbitro lo decretó safe.
Pero, ¿y nuestro hombre en el cajón de bateo? ¿a que no aciertan qué hizo en su empecinamiento por chocar la bola tirándole adelantado? Pues lo que nadie en el estadio esperaba: tan pronto Guillén hizo como si fuera a lanzar, y confiado en que la pelota vendría en busca del tercer strike, realizó el swing más grande y aparatoso de su vida, mientas la Batos descansaba el instante dentro del mascotín del inicialista.
La carcajada colectiva fue tan descomunal y prolongada que aquel humilde pelotero les suplicó a las mil vírgenes que se lo tragara la tierra. ¡Vaya ridículo el suyo! Jamás se le volvió a ver por un campo de béisbol. La anécdota quedó ahí, confirmada por unos, negada por otros y disfrutada por todos. Por propio derecho, se integra al patrimonio de nuestro deporte nacional. Y, por lo tragicómica, merece ser contada, ¿verdad?
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JUAN MORALES AGÜERO
(LAS TUNAS, CUBA)
Máster en Ciencias de la Comunicación por la Universidad de La Habana (2009). Licenciado en Periodismo por la Universidad de Oriente (1993). Graduado en Educación Física y Deportes (1976). Profesor universitario adjunto de Comunicación Social. Premio de la Ciudad en Periodismo (1996). Diplomado en el Instituto Internacional de Periodismo de La Habana (1999). Cobertura periodística en la República de Guatemala (2002). Ganador de varios concursos provinciales y nacionales. Corresponsal en Las Tunas del periódico Juventud Rebelde. Autor del libro POSTALES TUNERAS, publicado por la Editorial Sanlope en 2005 y reeditado por el propio sello en 2009.






Francisca Agüero Mayo era su nombre. Pero eso casi nadie lo sabía. Para sus vecinos, familiares y amigos ella fue siempre, sencillamente, Paquita. Nació el 28 de agosto de 1926 en el tunero barrio de El Oriente. Sin embargo, casi toda su existencia transcurrió en Manatí, a donde fue a residir cuando se casó con mi padre el 4 de diciembre de 1954. Nieta del coronel mambí Calixto Agüero y Agüero, en su personalidad convivieron el carácter y la ternura. Se pasó toda la vida haciendo el bien a los demás y sacrificándose por su familia. Hipertensa crónica con récord personal de presión máxima de 280 mmHg, murió de un colosal infarto cardíaco el 14 de julio de 1996. Cuando desapareció ya nada volvió a ser igual. Incluso las orquídeas del patio que ella cultivaba con devoción de naturalista marchitaron sus corolas. Aunque nunca se lo dije -me remuerde a veces no haberlo hecho alguna vez- a mi madre le debo todo lo bueno que me ha ocurrido, que no ha sido poco. Jamás querré con similar intensidad. Nunca se borrará de mi memoria su rostro venerable. El almanaque no tiene un día -¡un solo día!- en que yo no la recuerde.