Juan a la Mocha
Abril 30, 2009 por Juan Morales Agüero
No recuerdo cuándo fue que comenzó a deambular con su saco de yute y sus hedores por las calles del pueblo. Pero debe de haber sido tal vez allá por 1965 ó 1966. Tampoco puedo legitimar en qué año murió, aunque presumo que fue en los primeros de la década de los 80. Eso sí, con un poco de abstracción tengo ahora su figura desaliñada y mugrienta ante mis ojos. Me basta con retroceder en el tiempo para verlo tal y como entonces.Eran los tiempos de la famosa Zafra de los 10 Millones, aquella cruzada que en 1970 pretendió, sin conseguirlo, producir en los ingenios del país la cifra récord de 10 millones de toneladas de azúcar. La machacona propaganda televisiva y radial en torno a la campaña caló profundo en su subconsciente y finalmente lo sedujo. Juan comenzó a repetir aquí, allá y acullá algunas de las consignas, combinadas con repentinos y violentos accesos de furia. Un anónimo guasón del pueblo lo bautizó así: Juan a la Mocha.
No he logrado explicarme jamás por qué ciertas personas disfrutan mortificando a los dementes y a los deambulantes. En Manatí a Juan le hicieron la vida imposible hasta convertirlo en un loco sumamente peligroso, capaz de romperle la crisma a cualquiera de una pedrada. Muchas veces, al no poder descalabrar a quienes lo martirizaban, hacía añicos los cristales del cine o de la tienda grande.
Cuando entraba en crisis había que huir de sus alrededores, porque se convertía en una fiera agresiva. Comenzaba a proferir insultos e improperios de todo tipo. Solo la llegada de la Policía atenuaba su belicosidad. Entonces, sin oponer la más mínima resistencia, se dejaba conducir por los agentes del orden hasta la unidad. Allí le daban una reprimenda, un buen baño, un plato de comida y una muda de ropa limpia. Juan lo agradecía con un par de frases incoherentes. Después lo soltaban y… ¡de nuevo a las andadas, a vagabundear!
Juan a la Mocha fue uno de los personajes más populares de Manatí durante los años en que dejó ver su maltrecha figura por el pueblo, con su saco de yute a cuestas, sus fétidos efluvios y su atropellada palabrería. Llegué a creer que le gustaban las chanzas y las provocaciones de la gente. Porque, ¿de qué otra forma explicarme su permanente peregrinar por los sitios más concurridos?
Murió en su pocilga de cuartería donde siempre malvivió, atestada de inmundicias y de cucarachas, el ambiente natural que le dio abrigo por espacio de varias décadas. Un vecino de infortunio lo advirtió una tarde. En efecto, allí estaba su cadáver, tirado de bruces en el suelo y con los ojos desmesuradamente abiertos, como si en el minuto mismo del adiós definitivo hubiera pretendido llevarse en la retina la imagen postrera de lo que fue su mundo de alucinaciones.
Juan Molina Hernández, alias Juan a la Mocha, no dejó una fotografía para la posteridad y solo unos pocos parientes lo acompañaron en su último viaje hasta el cementerio municipal. Nadie de palabra fácil despidió su duelo con frases bonitas junto a la tierra recién abierta. Tampoco sus despojos fueron a descansar en un panteón con una lápida grabada en su memoria. No, nada de eso. Sus restos mortales yacen -ignorados para siempre- en algún desconocido y humilde recodo del camposanto manatiense. A mí, sin embargo, se me ocurre ahora rescatarlo del olvido y, al menos por un instante, conferirle significado a su relativa insignificancia. Él nunca lo hubiera creído.
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JUAN MORALES AGÜERO
(LAS TUNAS, CUBA)
Máster en Ciencias de la Comunicación por la Universidad de La Habana (2009). Licenciado en Periodismo por la Universidad de Oriente (1993). Graduado en Educación Física y Deportes (1976). Profesor universitario adjunto de Comunicación Social. Premio de la Ciudad en Periodismo (1996). Diplomado en el Instituto Internacional de Periodismo de La Habana (1999). Cobertura periodística en la República de Guatemala (2002). Ganador de varios concursos provinciales y nacionales. Corresponsal en Las Tunas del periódico Juventud Rebelde. Autor del libro POSTALES TUNERAS, publicado por la Editorial Sanlope en 2005 y reeditado por el propio sello en 2009.






Francisca Agüero Mayo era su nombre. Pero eso casi nadie lo sabía. Para sus vecinos, familiares y amigos ella fue siempre, sencillamente, Paquita. Nació el 28 de agosto de 1926 en el tunero barrio de El Oriente. Sin embargo, casi toda su existencia transcurrió en Manatí, a donde fue a residir cuando se casó con mi padre el 4 de diciembre de 1954. Nieta del coronel mambí Calixto Agüero y Agüero, en su personalidad convivieron el carácter y la ternura. Se pasó toda la vida haciendo el bien a los demás y sacrificándose por su familia. Hipertensa crónica con récord personal de presión máxima de 280 mmHg, murió de un colosal infarto cardíaco el 14 de julio de 1996. Cuando desapareció ya nada volvió a ser igual. Incluso las orquídeas del patio que ella cultivaba con devoción de naturalista marchitaron sus corolas. Aunque nunca se lo dije -me remuerde a veces no haberlo hecho alguna vez- a mi madre le debo todo lo bueno que me ha ocurrido, que no ha sido poco. Jamás querré con similar intensidad. Nunca se borrará de mi memoria su rostro venerable. El almanaque no tiene un día -¡un solo día!- en que yo no la recuerde.

