Incendios manatienses memorables
Junio 30, 2009 por Juan Morales Agüero
Estoy convencido de que no existe una población en Cuba que no haya sufrido aunque sea una vez los estragos de un incendio en algunos de sus barrios residenciales ¡Vaya espectáculo espeluznante! Las llamas, cuando cobran fuerza, no se detienen ante nada, y en cuestión de minutos pueden devastar lo que encuentren a su paso. Sí, un incendio es un hecho de espanto Y muy difícil de olvidar.Nuestro hotel contaba con dos niveles y blasonaba de ser el edificio más empinado del pueblo. En su planta inferior funcionaba el área comercial y en la superior residían varias familias que, por suerte para ellas, habían sido evacuadas con antelación ante la inminencia del ataque aéreo. No solamente perdieron sus hogares, sino también todas sus pertenencias. He visto fotografías del criminal suceso capaces de ponerle a cualquiera la carne de gallina.
Otro siniestro que todavía se renemora en Manatí fue el del barrio Machete, en la calle Orlando Canals, allá por el año 1975. Se desató cuando una negligente de por allí se fue de compras y dejó encendido un viejo fogón de petróleo. El combustible se inflamó en su ausencia, propagó el fuego y en tiempo ultra rápido redujo a cenizas nueve casas que se encontraban en pésimo estado constructivo. Años después en la zona se erigió la sede municipal de BANDEC.
Los bomberos locales no pudieron hacer prácticamente nada ante la descomunal hoguera en que se convirtió la decrépita cuartería. Allí moraban personas muy pobres y humildes, entre ellas varios emigrantes haitianos y de las islas anglófonas del Caribe que se quedaron apenas con la vestimenta que traían encima. Yo residía cuatro viviendas más allá de la zona afectada. Conservo todavía grabadas en mi retina aquellas terribles imágenes.
Otra cuartería manatiense que desapareció también consumida por el poder arrollador del fuego fue la de la calle Alberto Olivares. Comenzaba después de la casa del doctor Jaime (Jimmy) Landell y terminaba junto a la calle lateral del taller del INRA. El drama ocurrió en 1998, cuando hizo explosión un cilindro repleto de gas licuado dentro de la casa de Pepito Galén. La candela resultante alcanzó tal intensidad que las 10 viviendas se convirtieron en escombros.
Fui testigo de aquel siniestro feroz que por casi una hora amenazó con extenderse a los inmuebles de las cuadras colindantes. Incluso, la casa de madera de Jimmy Landell, separada de la zona del fuego solo por una calle, llegó a chamuscarse por su flanco norte. Por fortuna, las llamas pudieron ser controladas y el inmueble se salvó.
Otros dos incendios marcaron mi existencia en Manatí. Uno fue el de la casa de la maestra Sterling, en 1982, frente a la vivienda donde moran hoy Emilito Núñez y su familia. Era un enorme y carcomido local de madera, que se consumió en media hora. Años después, se levantó en el mismo terreno la Biblioteca Municipal.
Y para arrojar un poco de agua bienhechora sobre mi achicharrada memoria, quiero recordar, por último, el incendio de la casa de Nelsa Bango en el popular Callejón de la Mula, ocurrido en 1976. Cientos de solidarios pobladores acudieron al sitio del siniestro para ayudar en lo que fuera posible a aquella manatiense tan querida y admirada. Nelsa falleció en La Habana hace algunos años atrás.
Se trata de historias chamuscadas por el fuego del tiempo que, por lo trágicas, algunos prefieren incinerar definitivamente en el recuerdo. Yo las traigo a mi página porque constituyen parte legítima de nuestro patrimonio sentimental. Y estamos obligados a salvarlas.
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JUAN MORALES AGÜERO
(LAS TUNAS, CUBA)
Máster en Ciencias de la Comunicación por la Universidad de La Habana (2009). Licenciado en Periodismo por la Universidad de Oriente (1993). Graduado en Educación Física y Deportes (1976). Profesor universitario adjunto de Comunicación Social. Premio de la Ciudad en Periodismo (1996). Diplomado en el Instituto Internacional de Periodismo de La Habana (1999). Cobertura periodística en la República de Guatemala (2002). Ganador de varios concursos provinciales y nacionales. Corresponsal en Las Tunas del periódico Juventud Rebelde. Autor del libro POSTALES TUNERAS, publicado por la Editorial Sanlope en 2005 y reeditado por el propio sello en 2009.






Francisca Agüero Mayo era su nombre. Pero eso casi nadie lo sabía. Para sus vecinos, familiares y amigos ella fue siempre, sencillamente, Paquita. Nació el 28 de agosto de 1926 en el tunero barrio de El Oriente. Sin embargo, casi toda su existencia transcurrió en Manatí, a donde fue a residir cuando se casó con mi padre el 4 de diciembre de 1954. Nieta del coronel mambí Calixto Agüero y Agüero, en su personalidad convivieron el carácter y la ternura. Se pasó toda la vida haciendo el bien a los demás y sacrificándose por su familia. Hipertensa crónica con récord personal de presión máxima de 280 mmHg, murió de un colosal infarto cardíaco el 14 de julio de 1996. Cuando desapareció ya nada volvió a ser igual. Incluso las orquídeas del patio que ella cultivaba con devoción de naturalista marchitaron sus corolas. Aunque nunca se lo dije -me remuerde a veces no haberlo hecho alguna vez- a mi madre le debo todo lo bueno que me ha ocurrido, que no ha sido poco. Jamás querré con similar intensidad. Nunca se borrará de mi memoria su rostro venerable. El almanaque no tiene un día -¡un solo día!- en que yo no la recuerde.
