Camilo, cien fuegos de bravura
Octubre 29, 2009 por Juan Morales Agüero
Este 28 de octubre se cumplieron 50 años de la desaparición física del comandante Camilo Cienfuegos. Aquel hecho con visos de tragedia sumió en el dolor al pueblo cubano. Y se vincula de alguna manera con Las Tunas, pues la última persona que habló desde tierra con el Héroe de Yaguajay fue un tunero: Eusebio González Rodríguez, quien desde los meses iniciales de 1959 trabajaba a sus órdenes como miembro de un grupo especial coordinado por el también desaparecido y gratamente recordado comandante Cristino Naranjo.Todo comenzó días antes del drama, en la madrugada del 21 de octubre, cuando poco más de una veintena de personas, junto a Camilo y a Cristino, despegaron del aeropuerto de Ciudad Libertad rumbo a la ciudad de Camagüey. El grupo y su carismático líder volaban a la tierra de los tinajones para enfrentar y poner coto a los intentos de sedición del comandante Huber Matos, jefe militar de la provincia, cuya conducta divisionista había provocado profundo rechazo entre la población agramontina. Camilo tenía órdenes expresas de arrestarlo.
La situación se solventó sin disparar un tiro aquella misma mañana en el Regimiento Ignacio Agramonte. Camilo regresó por aire a La Habana el 25 de octubre. Al día siguiente pronunció desde la terraza norte del Palacio Presidencial su discurso donde los conocidos versos del poeta Bonifacio Byrne alcanzaron inusitadas dimensiones: «Si deshecha en menudos pedazos / se llega a ver mi bandera algún día / nuestros muertos alzando los brazos / la sabrán defender todavía». No sospechaba el guerrillero de la sonrisa y el sombrero alón que la encendida arenga iba a ser su testamento político.
La noche siguiente cenó en el restaurante Rancho Luna con Jorge Enrique Mendoza, entonces delegado provincial del Instituto Nacional de Reforma Agraria (INRA) en Camagüey. Le dijo: «Mañana vuelvo a tu zona para resolver de una vez y por todas la confusión que dejó allá la maniobra de Huber Matos. Me voy temprano y pienso estar de regreso al atardecer.» Así lo hizo, y a las cinco de la tarde en punto estaba listo para subir al Cessna para el retorno habanero.
Según dijeron a la prensa de la época varios testigos, durante su fugaz estancia en la terminal aérea camagüeyana Camilo se bebió una malta y compró varios tabacos. Un trabajador del aeropuerto declaró años después: «En la pista estaba estacionado un avión del tipo DC-3 y Camilo fue hasta allí a saludar a su tripulación. El capitán de la aeronave lo invitó para que hiciera el viaje con él, pero Camilo se negó. Fariñas, el piloto del Cessna, aseguró que el combustible que tenía en el tanque alcanzaba para llegar sin problemas a La Habana.»
El pequeño avión bimotor despegó a las seis y un minuto de la tarde. Sus únicos pasajeros eran el comandante Camilo Cienfuegos, el piloto Luciano Fariñas y el soldado rebelde Félix Rodríguez. Algunos detalles de aquella infausta jornada se los explicó años más tarde al periódico Juventud Rebelde el tunero Eusebio González, quien había llegado ese mismo día a Camagüey después de trasladar por tgierra a Isla de Pinos a un grupo de oficiales implicados en el caso de Hubert Matos.
«Eran alrededor de las cuatro de la tarde cuando Camilo me mandó a buscar a una oficina y me encargó llevar para La Habana a un sujeto que había estado alzado y cometido varios crímenes –declaró-. Me ordenó que lo dejara en la prisión de Torrens. Luego me entregó las llaves de dos carros. “Te espero mañana temprano en el Estado Mayor”, me dijo en la despedida. Mi gente y yo arrancamos hora y media después.
«Eran alrededor de las cuatro de la tarde cuando Camilo me mandó a buscar a una oficina y me encargó llevar para La Habana a un sujeto que había estado alzado y cometido varios crímenes –declaró-. Me ordenó que lo dejara en la prisión de Torrens. Luego me entregó las llaves de dos carros. “Te espero mañana temprano en el Estado Mayor”, me dijo en la despedida. Mi gente y yo arrancamos hora y media después.
«Al anochecer, una de los autos hizo un cortocircuito y tuvimos que detenernos Llamé por microonda a la torre de control de Camagüey, porque pensé que debía informar a Camilo que no llegaríamos a la capital a la hora prevista. Unos 40 minutos después, el avión suyo hizo contacto con nosotros, que íbamos ya por territorio villareño. Félix preguntó si habíamos resuelto el problema y le dije que sí. Entonces oigo a Fariñas, el piloto, que dice: “nos tenemos que desviar”.
«Al oír eso exigí que me pusieran al habla con Camilo, quien parecía que estaba leyendo o algo así. Me dijo: “No, no hay problemas, Eusebio, no te preocupes. Dice el piloto que nos desviamos porque hay una tormenta…, que nos tenemos que desviar o no sé qué… Nos desviamos…» Y ahí se cortó la comunicación. Insistí una y otra vez, pero la torre de control de Camagüey no pudo restablecerla».
«Al oír eso exigí que me pusieran al habla con Camilo, quien parecía que estaba leyendo o algo así. Me dijo: “No, no hay problemas, Eusebio, no te preocupes. Dice el piloto que nos desviamos porque hay una tormenta…, que nos tenemos que desviar o no sé qué… Nos desviamos…» Y ahí se cortó la comunicación. Insistí una y otra vez, pero la torre de control de Camagüey no pudo restablecerla».
Durante el resto del viaje hasta La Habana, Eusebio intentó conocer si Camilo había llegado sin contratiempos. Pero sus interlocutores le decían que todavía no. Cuando cumplió la misión de llevar y entregar al detenido en la cárcel de Torrens, se fue hasta el Estado Mayor. Allí lo aguardaba una sorpresa: ¡todos los oficiales confiaban en que Camilo viajaba con él en los automóviles! Al comprobar que eso no era cierto, Eusebio fue testigo de sentidas expresiones de dolor.
Lo que vino después, por lo trágico, resulta conocido. Como diría la edición de Juventud Rebelde, «cada pedazo de agua y tierra entre La Habana y Camagüey fue minuciosamente inspeccionado. En el rastreo participaron aviones y avionetas, helicópteros, lanchas y miles de personas que exploraron en el mar, los cayos, los pantanos y las zonas cenagosas de la costa. Pero en vano: la certidumbre de la pérdida crecía inexorablemente». Y así fue reconocida luego.
Lo que vino después, por lo trágico, resulta conocido. Como diría la edición de Juventud Rebelde, «cada pedazo de agua y tierra entre La Habana y Camagüey fue minuciosamente inspeccionado. En el rastreo participaron aviones y avionetas, helicópteros, lanchas y miles de personas que exploraron en el mar, los cayos, los pantanos y las zonas cenagosas de la costa. Pero en vano: la certidumbre de la pérdida crecía inexorablemente». Y así fue reconocida luego.
A pesar del tiempo transcurrido, Eusebio González Rodríguez –ahora con 77 años de edad- recuerda a su malogrado jefe con el mismo aprecio y respeto de los años en que fue su subordinado. Piensa que la fortuna estuvo de parte suya aquel 28 de octubre de 1959, cuando quiso que fuera él la última persona en tierra en hablar con Camilo.
«Yo cierro los ojos y me parece verlo con su uniforme verdeolivo, jaraneando con la gente o dando órdenes precisas –asegura-. Sabía comunicarse lo mismo con un campesino analfabeto que con un graduado universitario. Tenía ese don. Nunca olvidaré la vez en que me echó en el bolsillo unas novelitas vaqueras de aquellas que se publicaban antes. “Eso es para que leas”, me dijo. Y se batió de la risa».
«Yo cierro los ojos y me parece verlo con su uniforme verdeolivo, jaraneando con la gente o dando órdenes precisas –asegura-. Sabía comunicarse lo mismo con un campesino analfabeto que con un graduado universitario. Tenía ese don. Nunca olvidaré la vez en que me echó en el bolsillo unas novelitas vaqueras de aquellas que se publicaban antes. “Eso es para que leas”, me dijo. Y se batió de la risa».
Eusebio evoca que hace algunos años atrás, durante una entrevista periodística, el reportero le preguntó: «¿A quién le gustaría que se parecieran sus hijos?» Y le respondió, resuelto: «Quisiera que fueran como Camilo». Porque para este hombre lleno de condecoraciones y de reminiscencias, el Señor de la Vanguardia será siempre paradigma y referente para quienes aspiren a ser revolucionarios cabales.
«Camilo fue un cubano de pura cepa –acota-. De esos que inventan una broma en el aire, juegan pelota en cualquier solar o ayudan a los necesitados con sus propios recursos. Pero también de los que saben vestirse de héroes y apretar filas cuando la Patria los convoca».
La desaparición del Señor de la Vanguardia devino extraordinaria pérdida. ¡Ni siquiera sus restos mortales se encontraron! Pero, como acotó en sentidas imágenes el citado diario, «el pueblo encontró la manera de darle un homenaje en esas mismas aguas donde duerme, y millares de flores van a parar al mar cada año en busca de Camilo. Y le llegan, no importa donde esté».
La desaparición del Señor de la Vanguardia devino extraordinaria pérdida. ¡Ni siquiera sus restos mortales se encontraron! Pero, como acotó en sentidas imágenes el citado diario, «el pueblo encontró la manera de darle un homenaje en esas mismas aguas donde duerme, y millares de flores van a parar al mar cada año en busca de Camilo. Y le llegan, no importa donde esté».
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JUAN MORALES AGÜERO
(LAS TUNAS, CUBA)
Máster en Ciencias de la Comunicación por la Universidad de La Habana (2009). Licenciado en Periodismo por la Universidad de Oriente (1993). Graduado en Educación Física y Deportes (1976). Profesor universitario adjunto de Comunicación Social. Premio de la Ciudad en Periodismo (1996). Diplomado en el Instituto Internacional de Periodismo de La Habana (1999). Cobertura periodística en la República de Guatemala (2002). Ganador de varios concursos provinciales y nacionales. Corresponsal en Las Tunas del periódico Juventud Rebelde. Autor del libro POSTALES TUNERAS, publicado por la Editorial Sanlope en 2005 y reeditado por el propio sello en 2009.






Francisca Agüero Mayo era su nombre. Pero eso casi nadie lo sabía. Para sus vecinos, familiares y amigos ella fue siempre, sencillamente, Paquita. Nació el 28 de agosto de 1926 en el tunero barrio de El Oriente. Sin embargo, casi toda su existencia transcurrió en Manatí, a donde fue a residir cuando se casó con mi padre el 4 de diciembre de 1954. Nieta del coronel mambí Calixto Agüero y Agüero, en su personalidad convivieron el carácter y la ternura. Se pasó toda la vida haciendo el bien a los demás y sacrificándose por su familia. Hipertensa crónica con récord personal de presión máxima de 280 mmHg, murió de un colosal infarto cardíaco el 14 de julio de 1996. Cuando desapareció ya nada volvió a ser igual. Incluso las orquídeas del patio que ella cultivaba con devoción de naturalista marchitaron sus corolas. Aunque nunca se lo dije -me remuerde a veces no haberlo hecho alguna vez- a mi madre le debo todo lo bueno que me ha ocurrido, que no ha sido poco. Jamás querré con similar intensidad. Nunca se borrará de mi memoria su rostro venerable. El almanaque no tiene un día -¡un solo día!- en que yo no la recuerde.