Una postal para mi madre
Mayo 6, 2010 por Juan Morales AgüeroDesde que era un niño cultivé el hábito de guardar en el interior de una destartalada maleta cuanto objeto importante o intrascendente tuviera algún significado para mi patrimonio sentimental. Así, durante muuuchos años, el vientre del arcón se fue ensanchando con tantos papeles amarillos, fotos descoloridas, relojes inservibles, almanaques vencidos, monedas antiguas, recortes de periódicos, cartas de amor, lapiceros, sin tinta, postales de felicitación, agendas usadas, sellos de correos… Anárquicamente en (des)orden, mi maleta parece una Torre de Babel. Dentro, la zona material de mi sensibilidad tiene establecida sus coordenadas de localización
Cada vez que intento organizar su contenido, buena parte de mi vida desfila ante mis ojos. ¡Encuentro tantas cosas interesantes en su muestrario! Como esta diminuta libreta de notas que ahora tengo en mis manos. En sus páginas llevé un diario personal cuando solo tenía 13 años de edad. Allí mi torpe caligrafía -irrebatible prueba que lo autentifica- da fe de la deliciosa cotidianidad de un adolescente. «Ayer terminé de leer El último de los mohicanos. Es una obra que nunca voy a olvidar», escribí en la paginita correspondiente al 23 de marzo de 1969. Y el célebre libro de James Fenimore Cooper vuelve a incendiarme como otrora la imaginación.
Dentro de esta suerte de cofre destellan con intensidad de piedras preciosas mis tesoros sentimentales de antaño. Y hay más: cada pieza es dueña de su propia historia y se revela como una página autónoma de mi biografía. Algunas son apenas un simple párrafo, ¡un renglón! Pero la página no sería página sin el párrafo. Ni el párrafo sería párrafo sin el renglón. A las personas huérfanas de fantasía esta obsesión de coleccionista quizás les parezca un tonto derroche de tiempo y espacio. Bueno…, de esencias materiales y espirituales llevan ociosa muchos la caja del cuerpo.
Y ahora voy a lo que iba. Hace unas semanas, mientras hurgaba en el maremagno de mi atestada maleta, encontré -oculta entre las finísimas hojas de papel cebolla de un ejemplar del Nuevo Testamento-, una postalita de cartulina facturada por mí en mayo de 1968, cuando cursaba el sexto grado. Recuerdo todavía la devoción con que esbocé, coloree, recorté y adherí la flor de papel que preside su blanca portada. Era una postal para regalársela a mi mamá inolvidable con motivo del Día de las Madres. Evidentemente, fue ella quien la guardó allí antes de que yo colocara el pequeño volumen entre mis cosas. El grato hallazgo me conmovió.
Estuve varios minutos mirando aquel rectángulo de cartulina que alguna vez fue bendecido por el cariño materno. Allí yo había escrito con mano vacilante, ternura infinita y letras en colores, las palabras PARA MAMÁ junto a estos versos de un poeta desconocido: «Mamá, de ti surgieron mis pasos, y hacia ti va mi ternura». Sobre mi remembranza se posó, raudo, el instante en que se la obsequié delante del resto de la familia. Y rememoré cómo le brillaban los ojos mientras la leía; y cómo estampó un beso en mi mejilla; y cómo me aseguró que era la mamá más feliz del mundo; y cómo la recíproca alegría nos hizo llorar y reír en medio del abrazo… No, no se arrojan al cesto de los desperdicios diamantes sentimentales así…
Mi madre murió hace ahorita 14 años. Solo yo conozco cuánto me lacera su ausencia. El tiempo no es bálsamo, sino certeza de lo que no tiene retorno. Pero no preciso de cartulinas entrañables como antídoto contra el olvido. Si desempolvo esta historia es por la cercanía del Segundo Domingo de Mayo. Y hete aquí que se me ocurre volver a regalarle la humilde postal a aquella mujer toda virtudes, 42 primaveras despúés de que mis infantiles manos la pusieron en las suyas. Al tocarla, creo percibir todavía su textura suave y la cálida fragancia de entonces. La recibirá, estoy seguro.Cuando se anhela desde las entrañas, se triunfa. Así que ahí va de nuevo mi postal, mami…
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JUAN MORALES AGÜERO
(LAS TUNAS, CUBA)
Máster en Ciencias de la Comunicación por la Universidad de La Habana (2009). Licenciado en Periodismo por la Universidad de Oriente (1993). Graduado en Educación Física y Deportes (1976). Profesor universitario adjunto de Comunicación Social. Premio de la Ciudad en Periodismo (1996). Diplomado en el Instituto Internacional de Periodismo de La Habana (1999). Cobertura periodística en la República de Guatemala (2002). Ganador de varios concursos provinciales y nacionales. Corresponsal en Las Tunas del periódico Juventud Rebelde. Autor del libro POSTALES TUNERAS, publicado por la Editorial Sanlope en 2005 y reeditado por el propio sello en 2009.





Francisca Agüero Mayo era su nombre. Pero eso casi nadie lo sabía. Para sus vecinos, familiares y amigos ella fue siempre, sencillamente, Paquita. Nació el 28 de agosto de 1926 en el tunero barrio de El Oriente. Sin embargo, casi toda su existencia transcurrió en Manatí, a donde fue a residir cuando se casó con mi padre el 4 de diciembre de 1954. Nieta del coronel mambí Calixto Agüero y Agüero, en su personalidad convivieron el carácter y la ternura. Se pasó toda la vida haciendo el bien a los demás y sacrificándose por su familia. Hipertensa crónica con récord personal de presión máxima de 280 mmHg, murió de un colosal infarto cardíaco el 14 de julio de 1996. Cuando desapareció ya nada volvió a ser igual. Incluso las orquídeas del patio que ella cultivaba con devoción de naturalista marchitaron sus corolas. Aunque nunca se lo dije -me remuerde a veces no haberlo hecho alguna vez- a mi madre le debo todo lo bueno que me ha ocurrido, que no ha sido poco. Jamás querré con similar intensidad. Nunca se borrará de mi memoria su rostro venerable. El almanaque no tiene un día -¡un solo día!- en que yo no la recuerde.

