Querida Guatemala…
Noviembre 11, 2012 por Juan Morales AgüeroEl terremoto que acaba de soltar sus demonios sobre la hermana República de Guatemala estremeció -también violentamente- las fibras más recónditas de mi sensibilidad. La madre naturaleza debería ahorrarles tragedias así, tan despiadadas y terribles, a naciones como esta, pobres y desvalidas.
En el año 2002 recorrí en menesteres periodísticos más de una decena de departamentos de ese bellísimo país centroamericano. Quedé fascinado por la hospitalidad de su gente y la exuberancia de su entorno color esmeralda.
Aproveché al máximo mi estancia por allá. Así, caminé kilómetros y kilómetros a través de su geografía, tanto por angostos senderos como por entre la cordillera de los Cuchumatanes. Divisé peligrosos pumas, quedé exhausto al llegar a la cima de una montaña, tomé guaro con un viejo aborígen, asistí a un rito religioso y eludí serpientes barbiamarillas.
Con los pelos de punta, rodé en motos, camionetas, camiones y automóviles por terracerías de una sola senda, escamoteadas a la montaña al borde mismo de los precipicios. Trepé a lomos de mulos hasta algunos de sus picachos más agrestes. Y hasta escalé una ladera del volcán de Agua, que duerme hoy, afortunadamente, el sueño de los justos.
Los chapines -como les dicen a los guatemaltecos- llevan su genealogía indígena rotulada en el semblante ancho, noble y cobrizo. Compartí con muchos, muchísimos de ellos, en aldeas de Alta Verapaz como La Tinta, Xenahú, Tucurú, Telemán, Panzós, Fray Bartolomé…
En el montañoso Huehuetenango comí tortillas de maíz en Nentón, Jacaltenango, San Pedro Nexta, San Juan Ixcoy, Barilla…; en los Petenes me deleité con la hermosura de Sayaxché, Flores, Tikal, Santa Elena y Poptúm; en Quiché paseé por Joyabaj, Uspantán y la Zona Reina…
En Nevaj anduve varias jornadas por Chajul, Cotzal, La Perla, Santa Delfina, Pombalsé…; en Totonicapán caminé por San Antonio Sija, San Francisco, Momostenango… Visité, además, Quetzaltenango, Salamá, San Marcos, Chiquimula, Jalapa, Antigua, Nueva Concepción…
En todas partes, el descendiente maya devino recurrencia, con su secular manera de vestir, su cocina singularísima, sus casas de tallos de maíz, su heterogénea gama de dialectos, su gentileza congénita, su pasmosa educación formal, su gratitud hacia los galenos cubanos …
En la foto que preside esta nota aparezco junto a una familia indígena, en el pimpollo de la aldea de Tuxhilá, en Alta Verapaz. Disfruté junto a sus miembros de una mañana inolvidable mientras el médico cubano Raúl Fornet -solícito- atendía dolencias y recetaba medicamentos.
No olvido en este momento de tragedia que el Himno Nacional de Guatemala -uno de los más bellos del mundo, según encuestas- lo escribió el cubano José Joaquín Palma. Y que nuestro José Martí dejó allí una huella intelectual y sentimental que honra a ambas naciones.
En estos instantes de dolor generados por los estragos del demoledor sismo, mi corazón está al lado de los guatemaltecos. Mis recuerdos no se agrietan, permanecen incólumes. Llegue hasta ese pueblo antiquísimo y sufrido no solo mi solidaridad, sino también mi amor.
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JUAN MORALES AGÜERO
(LAS TUNAS, CUBA)
Máster en Ciencias de la Comunicación por la Universidad de La Habana (2009). Licenciado en Periodismo por la Universidad de Oriente (1993). Graduado en Educación Física y Deportes (1976). Profesor universitario adjunto de Comunicación Social. Premio de la Ciudad en Periodismo (1996). Diplomado en el Instituto Internacional de Periodismo de La Habana (1999). Cobertura periodística en la República de Guatemala (2002). Ganador de varios concursos provinciales y nacionales. Corresponsal en Las Tunas del periódico Juventud Rebelde. Autor del libro POSTALES TUNERAS, publicado por la Editorial Sanlope en 2005 y reeditado por el propio sello en 2009.





Francisca Agüero Mayo era su nombre. Pero eso casi nadie lo sabía. Para sus vecinos, familiares y amigos ella fue siempre, sencillamente, Paquita. Nació el 28 de agosto de 1926 en el tunero barrio de El Oriente. Sin embargo, casi toda su existencia transcurrió en Manatí, a donde fue a residir cuando se casó con mi padre el 4 de diciembre de 1954. Nieta del coronel mambí Calixto Agüero y Agüero, en su personalidad convivieron el carácter y la ternura. Se pasó toda la vida haciendo el bien a los demás y sacrificándose por su familia. Hipertensa crónica con récord personal de presión máxima de 280 mmHg, murió de un colosal infarto cardíaco el 14 de julio de 1996. Cuando desapareció ya nada volvió a ser igual. Incluso las orquídeas del patio que ella cultivaba con devoción de naturalista marchitaron sus corolas. Aunque nunca se lo dije -me remuerde a veces no haberlo hecho alguna vez- a mi madre le debo todo lo bueno que me ha ocurrido, que no ha sido poco. Jamás querré con similar intensidad. Nunca se borrará de mi memoria su rostro venerable. El almanaque no tiene un día -¡un solo día!- en que yo no la recuerde.
