Paloma en Guayabal
Noviembre 10, 2008 por Juan Morales AgüeroEstos pormenores me los ofreció Manuel Domínguez, investigador de la localidad, mientras un grupo de periodistas rodábamos en una coaster hacia la franja costera duramente castigada por el huracán Paloma. A través de los cristales se nos encimó el drama insinuado por el río Sevilla -escapado de su cauce- y por el extraño matiz del terreno, evidencia de la insólita irrupción del mar. La historia merodeó mi recuerdo como una aparecida de último minuto.
Hasta donde se conoce, los nexos de Guayabal con los ciclones datan del siglo XIX, cuando una enorme tormenta lo zarandeó a su antojo. Más de medio siglo después, en octubre de 1950, un meteoro orientó su brújula hacia predios camagüeyanos e incluyó al pequeño poblado en su tempestuoso itinerario. En 1963 el tristemente célebre Flora lo caló hasta los huesos. Ike -¡ay!- lo lanzó contra las cuerdas. Y ahora Paloma lo puso al borde del nocao. Pero fue en 1932…
«La gente piensa que el ciclón de 1932 destruyó exclusivamente a Santa Cruz del Sur, y eso no es así –asegura Oscar Menéndez, guayabalense con 68 almanaques a cuestas-. Es cierto, allá fueron millares las víctimas cuando el mar entró. Pero en Guayabal también acabó con la quinta y con los mangos. Era de esperar, pues a ambos pueblos solo los separan 35 kilómetros. Mire, allí, en el estero del Bolcó, se ahogaron 35 pescadores. Y, como mismo ocurrió en Santa Cruz, las aguas nos dejaron en pie una sola casa. Ike y Paloma tampoco pudieron con ella. Venga para que la vea».
Camino por la calle principal, tan próxima a la orilla que las olas casi la conquistan. Hay arena por todas partes. Y aún amputaciones vegetales de Ike. Mis zapatos se hunden en una mezcla viscosa de sargazos moribundos y líquenes fuera de contexto. El mar –dicen algunos- penetró casi un kilómetro pueblo adentro. Se llevó cuanto encontró por delante. Aquello debe de haber sido un infierno la noche del 8 de noviembre pasado. «Esa es la casa», dice Oscar.
Increíble. Un local de madera, construido en 1927 y propiedad de la familia Faxa. A todas luces, se trata de un inmueble bien hecho, con sólidas vigas y montado sobre pilotes. Y ahora asómbrese con lo que dice al respecto el sitio en Internet de Radio Santa Cruz: «Llama la atención que de los dos pueblos arrasados por el ciclón de 1932, Santa Cruz del Sur y Guayabal, las únicas casas que quedaron en pie fueron construidas por el mismo carpintero».
Su actual inquilino se nombra Juan Enrique Díaz. Comenta:
«Aquí vivieron los abuelos y los padres de mi esposa. No sé qué tiene esta vivienda para resistir tanto. Tal vez sean los pilotes. La gente dice que está embrujada. Pero yo no creo en ninguna de esas cosas. Cuando Ike solamente sufrió un poco la parte trasera, y fue porque le cayó encima una mata de anoncillo. Ahora Paloma le dañó un poco el portal y algunas tejas. Imagínese, el mar entró y salió como quiso. Mire qué cantidad de casas hay en el suelo. Son como cien. Las olas tienen que haber alcanzado más de tres metros de altura».
En efecto, la desolación de Guayabal luego del paso del ciclón obedece no tanto a la fuerza del viento como a la embestida de las olas. Los expertos llaman a ese fenómeno marea de tormenta. La página digital de Cubasolar la considera como«el efecto más destructivo asociado a los huracanes, de aproximadamente el 90 por ciento de las pérdidas materiales y de nueve de cada diez víctimas». Y la define como «la elevación anormal y temporal del nivel de la superficie del mar debido al movimiento de un huracán sobre la plataforma continental o insular».
Añade el sitio que las mayores elevaciones conocidas debido a ese fenómeno ocurrieron en la India y Bangladesh, con 12 metros sobre el nivel medio del mar. Fue también impresionante la de 1900, que inundó la isla de Galveston y dejó más de 6000 muertos. Y otra: la asociada con el huracán Camille (1969,) con 7,4 metros de alto en Pass Christian, en el estado norteamericano de Mississippi. En Cuba el récord lo ostentan los 6,5 metros originados por el ciclón de 1932, considerado el peor desastre natural de nuestra historia, el cual, como ya dije, tuvo una tremenda incidencia en Guayabal.
¿QUÉ DAÑOS CAUSÓ PALOMA EN GUAYABAL?
Muchos, sin dudas. Ella, reconocida en todo el planeta como el símbolo internacional de la paz, no respetó en esta oportunidad ni siquiera la paz de los sepulcros. ¡Hasta el pequeño camposanto del asentamiento –también mirando a los ojos al Golfo de Guacanayabo- tuvo que tolerar la «profanación» de varios de sus panteones!
La arremetida salobre fue de tales diemensiones que levantó la pavimentación en varios tramos de la calle principal paralela al océano. Por allí ahora no pueden circular los vehículos. En el propio litoral, el viento arrancó de raíz árboles corpulentos que habían desafiado con fortuna el asalto demoledor de Ike.
La terminal de azúcar a granel, primera de su tipo en Cuba, exhibe daños en su cubierta y en uno de sus almacenes. Igual que algunas tiendas, escuelas y establecimientos gastronómicos, entre ellos una cafetería frente al mar desde cuya placa remontaron vuelo como papalotes numerosas estructuras de hierro hasta enredarse entre las ramas de los árboles que quedaron en pie. El campismo popular y las instalaciones del centro de estimulación del MINAZ salieron también del trance con bastante deterioro.
En el cine del poblado, una de sus instituciones culturales más carismáticas, Paloma intentó exhibir una película de horror contra la voluntad y el gusto estético de sus habitantes. Sus ráfagas le arrebataron violentamente parte de la cubierta y le afectaron un segmento de carpintería. Meses atrás lo habían sometido a una reparación que costó una fuerte suma en moneda convertible.
Con las viviendas tuvo Paloma un ensañamiento casi absoluto. Prácticamente todas las enclavadas frente a la costa se desplomaron ante el embate de las olas y el viento. Cifras preliminares hablan de 110 derrumbes totales y 127 parciales. Dos de esos inmuebles abatidos me impactaron: el de la familia del cantante de Son 14, Eduardo Tiburón Morales; y la de aquella anciana romántica, Esther González, a la que la cólera de Ike perdonó y solo le estropeó las fotografías de matrimonio. Paloma no se anduvo con sentimentalismos y le regaló a la octogenaria una imagen ampliada de la pesadilla.
UN GUAYABAL CON HISTORIA
Guayabal es un pueblo de portuarios y pescadores que antes de 1959 solo tenían trabajo tres meses del año para la exportación de azúcar. A pesar de su levedad en la geografía tunera, cuenta con mucha historia. En 1898 pertenecía a la provincia de Camagüey y, desde entonces, se le reconoce como el primer poblado liberado por los mambises agramontinos, a quienes, por cierto, les asiste el honor de haberlo nombrado así, Embarcadero de Guayabal, cuando arribaron a la zona por un estero en cuyas proximidades había un guayabal.
También se asegura que cuando el Generalísimo Máximo Gómez decidió marchar al exilio luego de la vergüenza del Zanjón, el general español Arsenio Martínez Campos le propuso hacerlo a bordo de una cañonera por un sitio llamado Estero del Junco, perteneciente a Santa Cruz del Sur, pero muy próximo a Guayabal. Al final El Viejo lo hizo desde Manzanillo, donde radican muchos guayabalenses.
Todos los recursos materiales utilizados para la construcción y montaje del antiguo ingenio azucarero Francisco-Guayabal llegaron desde el espigón del poblado fundado en 1938. La fábrica de azúcar comenzó a erigirse en 1899, a unos 16 kilómetros del embarcadero del Surgidero de Guayabal o Cayo Romero, adscrito al Partido Judicial de Yáquimo, en la jurisdicción de Puerto Príncipe y anotado por las autoridades coloniales españolas como Distrito Marítimo de Santa Cruz del Sur. Desarrolló su primera zafra en 1902 y produjo 67 mil 680 sacos de 100 libras cada uno.
Fue tan enorme la popularidad alcanzada por el poblado de Guayabal en cierta época que hasta el Bárbaro del Ritmo, Benny Moré, le dedicó una canción titulada precisamente así: Francisco Guayabal. Todavía se deja escuchar en nuestras discotecas radiales. Y una telenovela de hace varios años atrás, titulada El viejo espigón, se inspiró también en aquella zona marítima, cuando los norteamericanos se empeñaron en construir la terminal de azúcar a granel para dejar cesantes a 300 braceros del pueblo. El tiempo no les alcanzó, y el Che la inauguró en 1962 cuando era Ministro de Industrias.
El 8 de noviembre pasado una paloma quiso pasarse de lista buscando guayabas y halló un hueso duro de roer. La gente de Guayabal no cree en la cólera de Eolo ni en la agresividad de Poseidón. Ya está trabajando con todas sus fuerzas para erigir un pueblo más bonito. A pesar de esta Paloma que niega las esencias de su estirpe, en Guayabal volverán a volar las gaviotas.
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JUAN MORALES AGÜERO
(LAS TUNAS, CUBA)
Máster en Ciencias de la Comunicación por la Universidad de La Habana (2009). Licenciado en Periodismo por la Universidad de Oriente (1993). Graduado en Educación Física y Deportes (1976). Profesor universitario adjunto de Comunicación Social. Premio de la Ciudad en Periodismo (1996). Diplomado en el Instituto Internacional de Periodismo de La Habana (1999). Cobertura periodística en la República de Guatemala (2002). Ganador de varios concursos provinciales y nacionales. Corresponsal en Las Tunas del periódico Juventud Rebelde. Autor del libro POSTALES TUNERAS, publicado por la Editorial Sanlope en 2005 y reeditado por el propio sello en 2009.





Francisca Agüero Mayo era su nombre. Pero eso casi nadie lo sabía. Para sus vecinos, familiares y amigos ella fue siempre, sencillamente, Paquita. Nació el 28 de agosto de 1926 en el tunero barrio de El Oriente. Sin embargo, casi toda su existencia transcurrió en Manatí, a donde fue a residir cuando se casó con mi padre el 4 de diciembre de 1954. Nieta del coronel mambí Calixto Agüero y Agüero, en su personalidad convivieron el carácter y la ternura. Se pasó toda la vida haciendo el bien a los demás y sacrificándose por su familia. Hipertensa crónica con récord personal de presión máxima de 280 mmHg, murió de un colosal infarto cardíaco el 14 de julio de 1996. Cuando desapareció ya nada volvió a ser igual. Incluso las orquídeas del patio que ella cultivaba con devoción de naturalista marchitaron sus corolas. Aunque nunca se lo dije -me remuerde a veces no haberlo hecho alguna vez- a mi madre le debo todo lo bueno que me ha ocurrido, que no ha sido poco. Jamás querré con similar intensidad. Nunca se borrará de mi memoria su rostro venerable. El almanaque no tiene un día -¡un solo día!- en que yo no la recuerde.